Opinión


Vivir hoy

Tras la pandemia, el regreso a la cotidianidad es una aspiración semejante a la que pudieron vivir los hombres de la caverna de Platón, que se asomaban a la boca del túnel, temerosos, y algunos preferían refugiarse nuevamente en el fondo de la cueva

Vivir hoy | La Crónica de Hoy

El baile del oso I, 1940, de María Izquierdo.

El aislamiento social, motivado por la pandemia, ha replegado a buena parte de la humanidad en sus casas, en un periodo que ya excede el año y los cuatro meses, tiempo que nos ha parecido inmóvil y pegajoso, como sucede en las novelas morosas del siglo XIX, cuyas escenas provincianas nos recuerdan las cuitas de Madame Bovary, atrapada en las fantasías de sus lecturas y deseosa de disfrutar las vanidades del ancho mundo.

      En México la pandemia ha cobrado, según cifras oficiales, un cuarto de millón de víctimas y los datos de algunos investigadores duplican la suma debido a que muchas personas murieron en sus casas o sus decesos fueron catalogados como una neumonía atípica, quizá porque la epidemia entera fue extraña para los sistemas de salud a nivel mundial.

       En este contexto, el regreso a la cotidianidad es una aspiración semejante a la que pudieron vivir los hombres de la caverna de Platón, que se asomaban a la boca del túnel, temerosos, y algunos preferían refugiarse nuevamente en el fondo de la cueva; así nostros, ajenos al deslumbramiento que provocan las maravillosas lámparas que anuncian la nueva normalidad, donde florecen los jardines y las plazas, los negocios grandes y pequeños levantan sus cortinas y, sobre todo, la vida nocturna cobra profundidad, más allá de las banquetas donde fueron confinados los ilustres parroquianos de la clase media.

      “Vivir hoy” significa estar situados en un cruce de caminos. No se puede regresar de cuerpo entero a la vida que una vez tuvimos porque nos faltan los familiares y amigos que perdimos en esta guerra microscópica. Tampoco podemos recuperar el “Tiempo” perdido, esa figura inaprensible que suele asumir la forma de un ave carnicera.

      Para volver a la normalidad hay que unir a los colores del semáforo y a los protocolos sanitarios una reflexión que nos ayude a ser y estar nuevamente sobre el mundo. Por ello, resulta oportuna la lectura del Roger-Pol Droit, “Vivir hoy”, obra publicada en 2010 que cobra relevancia en estos momentos de zozobra aún no superados.

“Vivir hoy” significa estar situados en un cruce de caminos

     El filósofo divide su libro en cinco partes; en principio nos explica “qué es la vida”, después nos habla del “pensar”, de la “emoción”, del gobierno de uno mismo y, por último, de la conquista de la muerte, o bien, del arte de morir en paz. Desde luego, no se trata de un manual de autoayuda, o de las charlatanerías color de rosa que en épocas de crisis suelen prosperar. 

     Roger-Pol Droit encuentra el antídoto parcial a las penurias del presente en la lectura de los sabios antiguos de la tradición grecorromana, pues a ellos atribuye una visión de mundo que aún subyace en nuestro imaginario colectivo.

       Homero es el maestro de Grecia, en sus obras la Ilíada y la Odisea muestra todo aquello que debe saber un griego para considerarse como tal; idioma, rituales, fidelidades, odios, conflictos y formas de vivir y de morir están cifradas en sus textos. Para este patriarca, al tiempo sólo se le derrota con la fama adquirida en el campo de batalla. Es un profeta del heroísmo, como lo fue, siglos más tarde, Virgilio, hombre diestro en la elaboración del queso y la horticultura, autor de las Geórgicas y la Eneida.

     Pero la vida no solo se realiza en los conflictos externos, inmersos en las rivalidades de los dioses. La divinidad rige el destino de los hombres porque es dueña del tiempo, entonces, considera Epicuro, hay que vivir como ellos; por eso crea un jardín en la tierra, quizá a semejanza de algún edén imaginario, donde congrega a sus hermanos para gozar la plenitud del instante, lo cual equivale a vivir la esencia de la eternidad. 

       En la esfera del “pensar”, considera  Roger-Pol Droit, es importante subrayar que una vida completa debe incluir la reflexión como una actividad cotidiana. Esta fue la lección de los sabios presocráticos, entre ellos, Heráclito y Demócrito; el primero destacó por su carácter enérgico y oscuro, y el segundo por su jovialidad y la risa socarrona. Ambos representan la emoción y la razón, ingredientes fundamentales de la existencia. Desde luego, el pensamiento, la necesidad del logos como lámpara del mundo, será ampliamente desarrollado por Sócrates, Platón y Aristóteles, pero también la alegría festiva será necesaria para equilibrar la salud mental de la especie humana. 

     Por ello, resulta iluminador, como ya lo había anticipado Nietzsche en “El origen de la tragedia”, que la literatura, la filosofía y los mitos puedan compartir los rasgos de lo apolíneo y lo dionisiaco; razón y locura, exceso y contención son manifestaciones alegres y festivas de la vida, las cuales fueron representadas en  la comedia y la tragedia griegas; cuyas obras serían equiparables a un antiguo carnaval donde se mezclan las distintas clases sociales para compartir el espectáculo del dolor, el crimen y la risa, como elementos capaces de conmover y restaurar la salud colectiva. 

     Desde luego, la salud del individuo es proporcional a la salud pública. De ahí la trascendencia del epicureísmo y, sobre todo, del estoicismo. Ante todo, debemos gobernarnos a nosotros mismos, ya que el mundo es ancho y ajeno, como dijera Ciro Alegría, y solo dependemos de nuestra fuerza de voluntad para prevalecer frente a los cambios de la fortuna y el encuentro inevitable con la muerte.

          Roger-Pol Droit recuerda las muertes ilustres de Sócrates, quien según la Apología de Platón, murió enzarzado en un sabroso diálogo con sus discípulos, mientras lo paralizaba el veneno ingerido por voluntad propia; luego menciona a Calano, un brahamán que se autoinmoló en una pira sin proferir queja alguna; también cita a Séneca, quien consideraba que la muerte es el más bello invento de la naturaleza, y muere desangrado en su tina de baño. 

      Concluye nuestro autor: “Es imposible vivir sin pensar, si uno quiere vivir humanamente. Es imposible vivir sin emocionarse, como tampoco sin gonernar a los demás y gobernarse a uno mismo; tampoco sin haber hecho las paces, en la medida de lo posible, con la propia muerte.” 

     

        

      

      

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