Opinión


Un pacto entre derrotados

Ante el preludio de la próxima catástrofe, Ernesto Sábato propone un pacto entre derrotados, con todos aquellos que han quedado fuera del progreso, para que recuperen la conciencia

Un pacto entre derrotados  | La Crónica de Hoy

La oscuridad del tiempo presente pareciera nublar nuestra comprensión del mundo, del drama social donde se mezclan los actores con el público y atraviesan los escenarios circulares, en una especie de carrusel o rueda de la fortuna que representa el gran teatro del mundo; como lo imaginara Pedro Calderón de la Barca, ya que, a su entender, sólo la muerte puede dar un profundo significado a la existencia de la criatura humana.

Nunca como ahora, la muerte se ha vuelto visible y cotidiana. Se ha convertido en una compañera fiel que podemos palpar, oler y respirar no solo en la experiencia de los otros, de aquellos familiares o amigos que “se han adelantado”, sino porque ha asumido nuestra forma, como lo expresaran Villaurrutia o Elías Nandino, y camina como una sombra indisociable entre nosotros.

       Aristóteles veía en la tragedia un espectáculo elevado, solemne, hecho para mostrar al pueblo las consecuencias de la “hybris” o la arrogancia de los héroes que desoyen a los dioses, a la voz de los oráculos, y desafían, en consecuencia, a su destino. La tragedia está hecha para castigar al transgresor y restablecer el orden; promueve en el público los sentimientos de terror, piedad y empatía hacia los personajes, para luego provocar la conmoción, el llanto, la catarsis, que se traduce en una suerte purificación espiritual.

Durante siglos la teoría aristotélica del teatro fue reverenciada, pero en el siglo XX Bertolt Brecht se opone a la empatía o identificación de los asistentes a los escenarios y promueve el distanciamiento o extrañamiento para que, mediante el drama representado, cobren conciencia y salgan del espectáculo a transformar el mundo. Desde luego, este giro didáctico e ideologizante ya se había practicado en la Edad Media y posteriormente en los montajes evangelizadores para convertir a los indígenas a la fe católica.

 Pero junto al teatro “épico” de Brecht, aparece el drama del absurdo que rompe con las unidades clásicas establecidas por Aristóteles de tiempo, acción y lugar e instaura en el escenario la angustia, la desesperación y el sinsentido de una realidad incomprensible donde el hombre, que ha dejado de encarnar una serie de valores impuestos por la religión, la filosofía, la ciencia, el humanismo renacentista y el racionalismo de la ilustración, se convierte en un espantapájaros o una piltrafa humana.

Desde luego, este ser desgarrado y sin atributos es producto del desencanto que produjeron las dos guerras mundiales, el auge de los totalitarismos, la acumulación, por unos cuantos, de la riqueza mundial y el aumento de las masas empobrecidas, diezmadas por las epidemias y la hambruna; todo lo cual se traduce en una imagen apocalíptica del mundo, como lo vieron Franz Kafka, Albert Camus, Jean Paul Sartre y los dramaturgos  Alfred JarryAntonin Artaud,  Eugène IonescoSamuel Beckett, entre muchos otros.

Las tres variedades teóricas del teatro, —clásico, “épico” y del absurdo— parecieran explicar el drama social que actualmente vivimos; pues es necesario comprender la dimensión monumental de la muerte absurda, tomar conciencia sobre ello, no perder la capacidad del asombro, y recuperar la empatía y la solidaridad con todos aquellos que están padeciendo condiciones más adversas que nosotros, para acompañarlos en su duelo.

 En este contexto, cabe recordar y releer, en estas horas grises e interminables, al escritor argentino Ernesto Sábato. Sus tres novelas de corte existencial lo encumbraron muy pronto como una de las mejores plumas en lengua castellana. En El túnel, nos muestra a un ser atormentado por los deseos de alcanzar el absoluto en el amor, la fe o la verdad; en la obra priva el individualismo, el vacío, el absurdo empeño de gobernar la realidad mediante los dictados de la ciencia y los cálculos matemáticos.

Sábato pone al descubierto el fracaso de la luz de Prometeo, que falsamente pretendió iluminar, mediante el credo científico el destino del ser humano. El personaje, Juan Pablo Castel, termina asesinando a María Iribarne, la única mujer que lo comprendió y luego se refunde en las fosas más oscuras de la caverna, presa del narcisismo, del egoísmo y de la angustia. Juan Pablo bien podría representar a infinidad de hombres y mujeres anónimos, extraviados en los arrabales del mundo.

Pero más allá de sus novelas, Ernesto Sábato fue un espléndido ensayista. Hombres y engranajes, Antes del fin y La resistencia son obras capitales que han puesto al desnudo la profundidad de la grieta o el abismo en que se haya suspendida la civilización occidental. En ellas enjuicia al racionalismo que deifica la ciencia, la técnica y prohíja la máquina, la cual es ya una de las peores amenazas del género humano, según lo profetizara Mary Shelley en su célebre novela Frankenstein.

Al fracaso de la ciencia, concebida por el positivismo como la aliada predilecta del progreso y consorte amorosa de la felicidad humana, se suma el derrumbe de las doctrinas liberadoras. El capitalismo se traduce en el neoliberalismo rapaz, concentrador de la riqueza y explotador de los recursos planetarios, para luego convertirlos en desechos tóxicos que nos tienen al borde de la asfixia.

 ¿Y qué decir de la debacle colosal del socialismo científico? El resultado, según lo mira Ernesto Sábato, son las masas empobrecidas que padecen las penas de Sísifo, atenazadas por los engranajes de las leyes del mercado, que luchan a brazo partido para sostener a sus familias.

  Sábato nos ofrece un panorama desolador, su desencanto se intensifica con la vejez, la pérdida de su esposa y uno de sus hijos, el asedio de las máquinas, de la televisión que representa “el opio del pueblo”; pero su muerte le impidió conocer los estragos que están produciendo las redes sociales en los jóvenes. El teléfono celular ya es la extremidad más importante del cuerpo.

  Ante el preludio de la próxima catástrofe, Sábato propone un pacto entre derrotados, con todos aquellos que han quedado fuera del progreso, para que recuperen la conciencia y asuman una postura “anarco cristiana”, que sean solidarios y tomen en sus manos juveniles el renacimiento de una nueva humanidad.

     

      

     

     

     

     

     

     

 

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