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“Tu amor o la muerte”: la tragedia de la calle de La Amargura

Dos tiros retumbaron en la pequeña calle, de la cual se contaba que era una de las zonas en que, hacía siglos, se había librado la parte más sangrienta de la batalla final de Tenochtitlan.

“Tu amor o la muerte”: la tragedia de la calle de La Amargura | La Crónica de Hoy

Según La Gaceta de Policía, que con detalle y eficacia bautizó al brutal homicidio de Carlota Mauri como “La tragedia de la Calle de la Amargura”, todo se había desencadenado con una frase: “No te quiero ya”. Como bola de nieve que rueda y arrastra todo a su paso, el efecto de esas cuatro palabras se resumió en otra frase, que era, al mismo tiempo, la respuesta y el resumen de aquellos sucesos: “Tu amor o la muerte”.  Así se estremeció la ciudad de México, en octubre de 1905 con un crimen pasional denso, lleno de recovecos, que convirtieron al caso en materia para la crítica social de la época y que terminó donde tantos otros, en el paredón de fusilamientos de la Cárcel de Belén.

Pocas veces fue tan atinado un redactor de la prensa porfiriana, como el personaje anónimo de la Gaceta de Policía que resumió aquel desdichado asunto como “Un abrazo de muerte”, porque eso había sido el último encuentro entre la joven Carlota Mauri, encargada de un estanquillo de la Calle de la Amargura y Arnulfo Villegas, de oficio carnicero, y que laboraba a las órdenes del propietario de la carnicería “La Novedad”.  Y no se trató de una simple historia de amores contrariados donde la ceguera momentánea que causa la ira incontrolada actúa como un relámpago en pleno día; se trató de un crimen que Villegas incubó en la parte más oscura de su alma, y que hoy sería calificado, sin duda, como un feminicidio con todas las agravantes:

¿Cómo empezó aquella tragedia? ¿El día que Carlota y su madre empezaron a despachar en el pequeño comercio adyacente a las habitaciones en que vivían? ¿En el momento en que Arnulfo Villegas se prendó de la joven sin importarle nada más? Complicados fueron aquellos amores, y como hay mentiras que, con el desgaste de la vida diaria quedan al descubierto, muy pronto el romance se empañó. Luego, se resquebrajó, se fue por el caño del fracaso. La ceguera de Arnulfo lo llevó a una rabia densa y contenida que se convirtió en sentencia de muerte para aquella a la que había amado tanto y que, pensó aquel hombre ofuscado y envenenado de rencor, no merecía seguir viviendo.

UN DRAMA “DE LAS CLASES ÍNFIMAS”

Como era frecuente en la prensa porfiriana, los sucesos de sangre siempre eran narrados con la correspondiente crítica moral, especialmente dura con las clases humildes, que a diario luchaban para ganarse el pan. Carlota y Arnulfo eran así: una, en el estanquillo montado por su madre, el otro, ganándose el jornal en una carnicería que no le pertenecía.

La Gaceta Policiaca, publicación que tenía sus oficinas en la elegante calle de San Francisco y que estaba al mando de don Fortunato Herrerías, no fue menos que otras publicaciones, como El Imparcial o El Popular. Junto a las fotografías de Carlota y Arnulfo, el redactor, seguramente guiado por la mano y el juicio de don Fortunato, teorizaba acerca de las fuerzas oscuras que desencadena una ruptura amorosa: ellos, los pobres, rodeados de carencias, privados de educación, y por tanto de sólidos valores, reaccionaban con locura, cegados por una oleada roja que les nublaba el entendimiento, apenas cualquier palabra o acción contrariaba sus deseos, sus pasiones.

Así explicaba la publicación el impulso de muerte de Arnulfo Villegas, rechazado un buen día por Carlota, con quien, incluso, ya estaba comprometido para casarse: “Un “no te quiero ya” es, para esa gente de bajo nivel moral, la mayor de las injurias…lo que sienten herido es el amor propio de valentones, que exigen, como cosa natural, el que la mujer en quien ponen los ojos debe ser siempre suya hasta la abnegación, hasta el sacrificio, hasta la abyección”.

¿Cómo habían llegado a eso? Carlota Mauri tenía 18 años en 1905 y sus relaciones con Arnulfo duraban ya un año largo. Joven, en edad casadera, y en el mostrador de la tiendecilla, era objeto de los requiebros cotidianos de cuanto varón se apersonara en el estanquillo. Era fama que la muchacha ignoraba los piropos o las propuestas más atrevidas. Los reporteros que se acercaron a los vecinos el día que la mataron obtuvieron historias, según las cuales, la muchacha no aspiraba a casarse con ningún rico, pero si esperaba a un hombre bueno y honesto que le diera un hogar respetable.

¿Cómo fue que Arnulfo Villegas logró rendir el corazón de la muchacha? ¿A fuerza de simpatía, de pequeñas atenciones, de la vecindad y el trato cotidiano entre el estanquillo y la carnicería “La Novedad”?  Los periodistas de 1905 aseguraron que Arnulfo era un tipo que ni siquiera tenía tan buen aspecto, y que no tenía algo que se pudiera calificar como buenas maneras. La fotografía que de él logró conseguir la Gaceta de policía, y que se ha borrado con el paso de cien años, muestra a un hombre joven, de frente amplia, ataviado con traje y cuello duro para la ocasión inusual -por costosa- de tomarse una fotografía. No, no tiene aspecto de rufián. Acaso fuera eso, en contraste con tantos otros habitantes de la calle de la Amargura lo que llamó la atención de Carlota.

Él le empezó a hablar de amores. Ella se ilusionó. Poco a poco, empezó a construirse la relación. Por fin, en mayo de 1905, Arnulfo fue admitido en el hogar de Carlota en calidad de novio oficial y futuro marido. Doña Carmen Gutiérrez, la madre de Carlota, sería entrevistada en las horas oscuras que siguieron al asesinato de su hija. Entonces, contó cómo había accedido a aquel noviazgo, porque era tanta la alegría de carlota, y tanta la vehemencia de Arnulfo, que acabó por convencerse de que aquellos dos iban en ruta directa a la felicidad. La confianza creció, e, incluso, doña Carmen accedió, por una cierta suma de dinero, a encargarse de la lavada y planchada de la ropa de Arnulfo, así como de prepararle sus alimentos diarios.

Pero apenas habían transcurrido cinco meses desde la formalización del noviazgo entre Carlota y Villegas, cuando la joven le confió a su madre que algo había cambiado. Decidió que ya no quería casarse. La madre asumió que se debía a las ocasiones en que Arnulfo se había presentado en la casa completamente alcoholizado, y le había hecho a Carlota “proposiciones deshonestas”. Según doña Carmen, esa fue la razón de la ruptura, a pesar de que la pareja ya se había presentado en el Registro Civil y en su parroquia para preparar su inminente casamiento.

“MUCHO NOS VA A PESAR A TI Y A MÍ...”

Y así ocurrió: Carlota rompió el compromiso. Villegas montó en cólera. Ella, para no verlo, se fue a pasar una temporada a casa de su abuela, y le prohibió que se acercara por ahí. El enfurecido Arnulfo la amenazó: “Tú nunca me abandonarás, ¿oíste? Porque si lo haces, mucho nos va a pesar a ti y a mi…”

Inquieta, la madre de la muchacha decidió traspasar el estanquillo, y marcharse con su hija, o bien a casa de la abuela, o, incluso, trasladarse al estado de Hidalgo e iniciar una nueva vida. Así corrieron los primeros días de octubre. Lograron aquellas mujeres cerrar el traspaso de la tienda, y empezaron a armar la mudanza. Las agobiaba el temor de que, en cualquier momento reapareciera Arnulfo Villegas para desquitar su frustración y su orgullo ofendido.

Pasó la mañana del 19 de octubre: todo estaba cerrado y vacío. Solamente faltaba que regresara el hermanito de Carlota, que estaba en el colegio. En cuanto volvió, las mujeres se arreglaron, se arrebujaron en sus chales, le pusieron la gorra al niño y cerraban ya la puerta cuando apareció Villegas: iba a despedirse, dijo, ante la cara de espanto de Carlota.

Hubo una rápida discusión en la puerta, Carlota y su madre se inquietaron, la gente las miraba con curiosidad y Villegas presionaba. Volvieron a entrar, accediendo al deseo de Arnulfo de despedirse.  En el patio, la madre vio colgada una prenda olvidada. Se separó de la pareja, y por eso no pudo escuchar lo que se dijeron. Pero si vio cómo, de repente, Arnulfo se sentaba en una silla que ahí quedaba, y tomando por el talle a la muchacha, pretendía abrazarla, acaso con el propósito de conseguir la reconciliación.

Con el brazo izquierdo, Arnulfo hizo que Carlota se sentara en sus piernas. La muchacha no correspondió al abrazo, pues después se hallaría su cadáver con los brazos bien ocultos por el chal. Por eso no pudo defenderse. Más bien deseaba dar a Villegas una reacción de completa frialdad, pues para ella todo había terminado. Pero con la mano derecha, Arnulfo sacó del bolsillo una pistola, y le soltó dos tiros a la altura del corazón.

La madre de la muchacha corrió hacia la pareja, pero era tarde: Carlota Mauri se convulsionaba. Arnulfo, imperturbable, completó su obra descerrajándole otro tiro en la frente. Villegas tiró a la muchacha al suelo, e intentó escapar. Pero las detonaciones atrajeron a los vecinos que se lo impidieron. Carlota alcanzó a decirle adiós a su madre, y murió.

“¡Un gendarme, un gendarme!” gritaba doña Carmen. En el zaguán esperaba el hermano de Arnulfo, quien, al escuchar los tiros, dijo algún testigo, exclamó “Ya ocurrió todo…”, y entró corriendo a la casa; recogió la pistola, e intentó tirarla, pero era tarde: llegaron los policías, y ambos hermanos fueron detenidos. Cuando la Comisaría envió a recoger el cuerpo de Carlota, la sacaron de un enorme charco de sangre. Para su funeral limpiarían las heridas del rostro que la habían desfigurado.

EXTRAÑAS VERSIONES

Naturalmente, el asesino fue enviado a la cárcel de Belem. En el proceso se conoció que Villegas estaba casado y tenía dos hijos, condición que indignó al pueblo, pendiente del juicio del criminal. Arnulfo nunca había dejado de vivir con su familia mientras cortejaba a Carlota. No se había separado ni planteado algún recurso de divorcio, ni siquiera en los días en que preparaba su boda con la muchacha. Se aclaró que solamente estaba casado por la iglesia, y que eso le hizo más sencillo decidirse a planear el casamiento con la joven del estanquillo. Se concluyó que, al descubrir Carlota su situación, se decidió a romper con él.

Una vez más, aparecieron los criminólogos; una vez más, apareció Carlos Roumagnac. El asesinato de Carlota Mauri fue uno de los que incluyó en su libro “Matadores de Mujeres”. Ahí, se contó otra versión de los hechos. Según el asesino, la madre de Carlota sabía de su condición de casado, pero aceptó el noviazgo porque Carlota había sido seducida, a los 16 años, y ya sería muy difícil conseguirle un marido respetable. Arnulfo, incluso, aseguró que la madre de la muchacha les permitió dormir juntos, y que, de alguna manera se había beneficiado de la relación y del dinero que le pagaba el carnicero. Además, confiaba en que el hombre había prometido, no obstante “el pasado” de la joven, llevarla de blanco a la iglesia. La buena relación se acabó cuando Arnulfo fue despedido de la carnicería y se quedó sin dinero que pagar a doña Carmen.

El caso terminó con la sentencia de muerte para Arnulfo Villegas. Fue fusilado en 1908, en el patio de la cárcel de Belem. Triste celebridad, había sido personaje de dos hojas volantes de Vanegas Arroyo ilustradas por Posada. En adelante, los crímenes pasionales se convertirían en materia natural y perseguida de la nota roja.










 

 

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