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Treinta y un puñaladas en Jueves Santo

Era un hombre conocido en el México de 1850: de familia muy rica, jalisciense, había dividido su existencia entre su patria y España. Era ya un hombre maduro, prestigiado, de esos que habían visto el complejo tránsito de virreinato a país independiente. No eran pocos los que recordaban que había sido diputado a las Cortes de Cádiz casi cuarenta años atrás, en 1812. Talentoso, elocuente, el entonces treintañero Guillermo Prieto juraba que era el “Cicerón”, el “Quevedo” mexicano. Tenía eso que se llama autoridad moral. Por eso, su asesinato, el del señor diputado Juan de Dios Cañedo, en su habitación, cimbró a la capital y rompió la paz de aquella Semana Santa.

Treinta y un puñaladas en Jueves Santo | La Crónica de Hoy

El Jueves Santo de 1850 era 28 de marzo. Y todo el día habían soplado vientos fuertes y helados. Caía la noche, y, poco a poco, los devotos iban concluyendo la visita de las Siete Casas para retirarse a sus hogares. Entre aquella multitud que se había movido por toda la ciudad a lo largo de la jornada, se echó en falta al diputado Juan de Dios Cañedo, hombre entrado en años, que, debido al frío, prefirió quedarse en la habitación que ocupaba en el Hotel de la Gran Sociedad, mirando por el balcón a la muchedumbre, ocupada en los trajines de la Semana Mayor.

Sitio de buen tono era aquel, donde, en la planta baja, funcionaba el Café del mismo nombre, muy concurrido por políticos y periodistas. Famosa era la esquina aquella de las calles del Refugio y el Espíritu Santo, emplazamiento del lugar.  En el piso superior, se alojaban los huéspedes. Hacia las diez y cuarto de la noche, un sirviente, José Guadalupe Coria, entró en las habitaciones que ocupaba el diputado Cañedo. Un grito de horror le llenó la garganta y se le escuchó dentro y fuera del hotel.

Cañedo estaba muerto, tirado en el suelo, y había sangre por todas partes. Que el anciano había decidido vender cara su vida era evidente: la sala estaba desordenada, una escupidera arrojada en un rincón. El cuerpo estaba bañado en sangre, igual que la alfombra, y había salpicaduras por todas partes.

Coria siguió dando gritos, pidiendo ayuda, exigiendo que trajesen a la policía. Se le oyó por el ventanal, por los pasillos. Los administradores del Hotel corrieron escaleras arriba. Nada había ya qué hacer por el infortunado Cañedo. 

Los curiosos, en vez de irse a sus casas como mandaba el Jueves Santo, empezaron a arremolinarse ante el Hotel de la Gran Sociedad. Abriéndose paso, a empujones, llegó al lugar el alcalde del cuartel -antigua división político-administrativa de la ciudad de México-, pues Juan de Dios Cañedo era diputado en funciones, hombre muy apreciado y con buena fama pública.

Se dispuso el traslado del cadáver del legislador, al Hospital de San Hipólito, donde se le practicó la autopsia.

El examen del cuerpo mostró que a Juan de Dios Cañedo lo habían matado a puñaladas. Treinta y una, para ser exactos. El detalle horrorizó a la ciudad.

UN MUERTO ILUSTRE

“Pulcro, enamorado y de gran valor civil”. Esa era una de las muchas descripciones elogiosas que, en la primera mitad del siglo podían escucharse en los círculos políticos de la ciudad de México de 1850, respecto del diputado Juan de Dios Cañedo. Era un hombre de 64 años, que, para la época, se consideraba ya un anciano. Pero a sus colegas no se les olvidaba ese prestigio, acumulado desde los días de las Cortes de Cádiz, cuando era uno de los diputados americanos, defensores de los intereses del virreinato ante la corona de España.

Nunca había dejado de figurar en la vida política del joven México: fue parte de aquel Congreso que declaró traidor y fuera de la ley a Agustín de Iturbide, alineado en un grupo de legisladores de ideas liberales, a los que encabezaba otro personaje célebre y colega suyo, Miguel Ramos Arizpe. Claro que tampoco faltaban los burlones que recordaban su papel en aquella boda a distancia entre Antonio López de Santa Anna y la guapa señorita Dolores Tosta: Santa Anna estaba muy ocupado y contrajo matrimonio extendiéndole a Cañedo un poder para representarlo en la ceremonia. Aquello había ocurrido en 1844, y, aun cuando el encargo había sido satisfactorio para el general cojo, a Cañedo le quedaban algunos apodos, como “el casado sin novia” o “el amante prestado” (título de una obra de teatro muy de moda en aquellos días), como recuerdo de la ocasión.

Como venía de una familia jalisciense muy adinerada, había recibido una educación esmerada, y, además de sus talentos políticos, era simpático, con don de gentes, orador elocuente y elegante para el vestir. “Era con las damas”, cuenta Guillermo Prieto, “de urbanidad exquisita, aunque se conocía el imperio que ejercía el sexo hermoso sobre su organización”.

Quienes lo conocieron afirmaban que poseía un sentido del humor agudo y sutil.  Se contaba que, cuando fue canciller del presidente Guadalupe Victoria, le habían invitado a comulgar un Jueves de Corpus, y con fina ironía se zafó del asunto diciendo “No, no lo acostumbro”.  Pero también podía usar ese ingenio para zanjar discusiones ociosas, como aquella suscitada en torno a la necesidad de construir un cementerio para extranjeros no católicos. “O los exportamos, o los enterramos, o nos los comemos”, le recetó a algún opositor al proyecto.  También había sido ministro de Gobernación de Anastasio Bustamante, y en varias ocasiones representante diplomático.

Autor de varios libros, que iban de tratados de derecho romano a la historia de Roma, fuera tertulia, baile, evento público o político, en torno a Juan de Dios Cañedo siempre había un corro de admiradores de su talento, disfrutando la cascada de historias, chistes o reflexiones que salían de su boca. Era, definitivamente, lo que bien podría llamarse “un hombre ilustre”.

Todo eso terminó abruptamente en su habitación del Hotel de la Gran Sociedad.

EL CRIMEN

Cañedo vivía solo. Allí mismo, en las habitaciones que ocupaba, tenía sus escritos, sus papeles de trabajo. ¿Qué explicaba tanta ira, tanta violencia? ¿Cuál era el móvil de aquel asesinato? Triste impresión causó el crimen en los círculos políticos del país, no solo por el aprecio generalizado que se le tenía a la víctima, sino porque la coyuntura era delicada. Uno de sus rivales políticos era, en esos días, aspirante a la presidencia, su joven paisano Mariano Otero, quien tuvo que reconocer el cadáver del anciano político.

Los médicos que hicieron la autopsia imaginaron al asesino como “un gigante”, a causa de la fuerza con que la víctima había sido atacada. “Horroroso asesinato”, tituló el periódico El Siglo Diez y Nueve a su crónica del suceso. Pocos indicios quedaban en la escena del crimen: se encontró un cuchillo partido en tres, y el cadáver tenía las puntas de la corbata vueltas hacia atrás. Que se trataba de dejar muerto a Cañedo, les pareció claro a las autoridades, pero el asunto seguía pareciendo extraño: si las primeras puñaladas bastaban para dejar a la víctima fuera de combate, ¿por qué el agresor siguió hiriendo al anciano? 

Los policías, a partir del examen de las heridas, calculaban que Cañedo estaba sentado ante su mesa de trabajo cuando fue atacado, y que, después de caer al suelo, el criminal siguió apuñalándolo con saña. Se infirió, a partir de ello, que el culpable no era un asesino de profesión, que bien pudo hacer uno o dos tajos eficaces. Pero no: el victimario, ofuscado, quería asegurarse de que el diputado nunca podría denunciarlo o identificarlo.

Nadie se dio cuenta del homicidio, que debió ocurrir entre las siete y las diez de la noche, y el asesino bajó las escaleras y se perdió entre la multitud que andaba en los quehaceres de Semana Santa. Nadie notó, inclusive, que, al escapar, el criminal llevaba la capa del infortunado Cañedo.

Los supersticiosos repensaron con temor aquel Jueves Santo: los vientos, intensos y helados, habían inquietado a la ciudad de México desde el mediodía, e incluso habían extendido el incendio de una fábrica de carruajes, propiedad de un hombre apellidado Ayllon-Wilson. Almas sensibles, las de aquellos mexicanos que iban incorporándose a la modernidad decimonónica, no dejaron de sentir escalofríos por los aires extraños y el incendio. Se le ordenó a los guardafaroles, contó el cronista de El Siglo Diez y Nueve, que se mantuvieran vigilantes aquella noche: “¡Dios salve a la capital de la República!”. Cuando el sirviente Coria volvió de hacer el recorrido de las Siete Casas, daban las diez y cuarto. Su patrón estaba muerto, bañado en sangre.

Naturalmente, el caso se prestó a especulaciones de la prensa. Como aún no se conocían los detalles, los periodistas se preguntaban si se había tratado de un robo vulgar -que no justificaba tanta violencia en el cuerpo de Cañedo-, o alguien quería apoderarse de papeles importantes que el diputado tuviera en su poder, o pero aún: que se tratara de un asesinato encargado por los rivales políticos del legislador.

 Los médicos legistas y la policía lanzaron una advertencia: ellos encontrarían los indicios ocultos por la noche y el bullicio de las calles. Se recordó el homicidio del pintor Egerton, que, pese al tiempo que llevó la investigación, se había logrado dar caza a los asesinos. Para el Sábado de Gloria, toda la ciudad seguía conmocionada por aquel oscuro, aciago Jueves Santo.

CAE EL HOMICIDA

El hombre que mató al diputado Juan de Dios Cañedo levantó un botín que les pareció más bien escaso a las autoridades: la capa del difunto, un sobretodo, algunas camisas, una corbata, un fistol. También tomó, del bolsillo del chaleco del muerto, el reloj. Era un asesinato extraño: para tratarse de un robo, el beneficio parecía flaco.

Tres meses duraron las averiguaciones. Era evidente que en la memoria de la policía, aun cuando no hubiera un fiscal Puchet a cargo, se pensó en recuperar algunos de los procedimientos que en el caso Egerton habían dado buenos resultados, de manera que se inició una búsqueda de las prendas de vestir robadas. La idea funcionó. En un pequeño pueblo del Estado de México apareció una de las camisas. La llevaba puesta un hombre al que, no bien se le apretó un poco, empezó a confesar su participación en el crimen.

 El sujeto se llamaba José María Avilés. No tenía oficio ni beneficio, y días antes del asesinato se encontró con un conocido suyo, tan en la inopia como él. Ese hombre respondía por Clemente Villalpando. Entre los dos, planearon asaltar una casa de empeño, pero lo cambiaron por un proyecto que prometía más. Villalpando aseguró que el diputado cañedo había llevado a sus habitaciones del Hotel de la Gran Sociedad tres talegas de pesos, que podrían robar con facilidad, en vista de la vejez del diputado. Entraron en contubernio con un mozo del hotel, Rafael Negrete.

En uno de esos casos de “¿Qué puede salir mal’?”, pensaron que sería sencillísimo robar a Cañedo. Avilés entraría, lo sorprendería, lo dejarían amarrado en su sillón, y sacarían limpiamente la plata. Calculaban, optimistas, que cada uno sacaría un botín de mil pesos y jamás volverían a tener preocupaciones en su vida.

Pero Cañedo no era tan frágil como se figuraron: reaccionó, le arrojó una escupidera a Avilés, se levantó de su asiento y empezó a gritar pidiendo ayuda. Si no le escucharon, fue por el bullicio que aún había en la calle, afuera del hotel. Avilés le ordenó que se callara, y lo abofeteó. Para alguien con la historia de Cañedo, un golpe de más o de menos no lo iba a intimidar e intentó defenderse. Fue entonces cuando Avilés se le fue encima a puñaladas.

Cuando el escándalo creció, los criminales huyeron al pueblo de Temascaltepec, pero sus trazas de fugados y su actitud les parecieron sospechosas a la autoridad. No bien los tuvo presos, empezaron a hablar. La identificación de la camisa cerró el círculo.

¿Y lo robado? Torpes, fueron dejándolo aquí y allá, en diversas casas de empeño. Haciendo cuentas, de los tres mil pesos con que soñaban, solamente habían obtenido seis.

Avilés fue condenado a muerte; sus cómplices, a diez años de prisión en San Juan de Ulúa, después de presenciar la ejecución del homicida.

Así ocurrió: casi un año después. Se levantó el patíbulo ante el ventanal de la habitación donde murió Juan de Dios Cañedo. Allí llegó Avilés, vestido con una bata blanca. Se le coloco un “corbatín” de hierro que se apretaría con un torno. Nuevamente, la multitud se arremolinó en torno al ajusticiado, a quien se echó la soga y se le izó. Murió relativamente rápido. Uno de los cómplices, impactado, cayó al suelo, desmayado. Días eran en que la policía de la pequeña capital mexicana podían vanagloriarse de su tenacidad y de la fineza de su olfato. 

 

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