Opinión


Superliga: el canto a la desigualdad

Superliga: el canto a la desigualdad | La Crónica de Hoy

El anuncio de una Superliga de futbol, y la reacción airada que ha sucedido, dan cuenta de un proceso que debería de preocuparnos más allá de lo deportivo. Es reflejo de una tendencia a nivel mundial que apunta a consolidar lo peor de la mercantilización y de la globalización. Intentaré explicar por qué.

Hace ya muchos años conocí un cuate raro en Italia, un asistente de profesor muy interesado en el futbol mexicano, y más en organización, salarios y tipo de hinchada, que en los equipos y jugadores propiamente dichos. Con los años resultó que se especializó en la economía del futbol. Su nombre: Gian Carlo Caselli. Tiene varios artículos interesantes.

El principal ángulo de Caselli es estudiar las diferencias entre las ligas profesionales de Estados Unidos y las del futbol europeo. A primera vista, saltan algunas obvias: en EU no hay ascenso o descenso y las ligas tienden a ser parejas; en Europa, hay diferentes divisiones y las ligas grandes tienden a ser dominadas por un puñado de clubes, o a veces sólo por uno o dos. Pero leyendo los textos, resulta que esas características son sólo algunas, porque cada tipo de organización refleja una cultura distinta, en lo económico y en lo social.

La primera cosa es que las ligas de Estados Unidos nacen como espectáculo y como negocio, más que como deporte. En esa lógica, el producto que se vende es la liga misma, no cada equipo. La liga, y no los equipos o la federación, es la que manda. Y se vuelve importante que haya incertidumbre sobre el resultado, para generar expectación. De ahí que se busque, mediante el draft universitario, topes salariales o impuestos de lujo a los equipos con demasiadas estrellas bien pagadas, que la liga no sea dispareja. Y mediante el esquema de playoffs, añado, se agrega otro componente a la incertidumbre.

El objetivo de las ligas en Estados Unidos es la maximización de la ganancia. En primer lugar, la ganancia de la liga, que es la que se encarga de negociar los contratos nacionales de televisión, dejando a los equipos la negociación de los contratos locales. En ese sentido, la competencia económica no es de un equipo contra otro, sino de la liga específica –que tiene el monopolio de facto en su deporte- contra otras ligas. Caselli cita el caso de los distintos intentos por hacer ligas alternativas. Históricamente, sólo ha habido dos en los que la liga nueva ha sido lo suficientemente exitosa como para lograr la fusión con la original. En el beisbol, a principios del siglo XX y en el americano, 60 años después. En EU, cualquier liga que esté fuera del monopolio es considerada “pirata”.

La historia de las ligas de futbol en Europa es diferente. Muchos de los equipos nacen como clubes amateurs, y van evolucionando a lo largo de décadas, generando identificaciones en la hinchada que muchas veces están cargadas de elementos políticos, de clase o religiosos. Según Caselli y otros autores, el objetivo principal de los equipos europeos de futbol no es la maximización de la ganancia, sino la maximización de la utilidad, entendida esta última como la combinación de prestigio deportivo, prestigio político y estados financieros razonables. El peso que cada equipo le da a cada uno de los factores de la utilidad depende, normalmente, de las preferencias del dueño, del patronato o de la directiva del club. En otras palabras, la liga es precisamente eso, un pacto, una coalición, y no siempre es el protagonista principal. Por ejemplo, acoto, los presidentes de una liga de futbol europeo no tienen el peso del comisionado en el beis o en el americano de EU.

Por eso se generó en Europa una suerte de jerarquización. No hay draft, pero sí una inversión en las canteras de los respectivos equipos, acompañada –de manera cada vez más relevante- de un mercado secundario de compra-venta de jugadores. Las ligas europeas tienen equipos superpoderosos, otros que son históricamente de media tabla y muchos que se la pasan entre ascenso y descenso, porque se trata de mercados menores y el premio esperado no es el campeonato, sino la permanencia. En esas condiciones no importa que el resultado de un Juventus-Cagliari o un Real Madrid-Espanyol sea predecible.

Ahora bien, junto con el aspecto deportivo está el aspecto político. Ser directivo de un equipo exitoso de futbol da prestigio político, sobre todo por la identificación entre los equipos y las ciudades (o las comunidades). Y ayuda para hacer otros negocios, conseguir contratos, prebendas, etcétera. Ha sido vehículo para constructores, transportistas, magnates de medios y demás. Sirve para el lavado de dinero y para conquistar el poder político. Ahí están los ejemplos de Jesús Gil, con el Atlético de Madrid y de Silvio Berlusconi, con el Milan (y yéndonos a América Latina, el de Mauricio Macri con el Boca Juniors).

El modelo europeo presupone una comunidad de intereses entre la directiva, los jugadores, la hinchada y los accionistas, cosa que no sucede en la versión gringa. A veces la búsqueda de notoriedad implica un desbalance entre los propósitos de la maximización de la utilidad, y las pérdidas financieras son mucho más comunes que en Estados Unidos.

El papel de la televisión también es diferente, al menos históricamente. Mientras que en Estados Unidos la TV siempre ha sido privada y relativamente atomizada, en Europa tanto el deporte como la televisión tuvieron inicialmente una organización nacional, con canales públicos y una federación por deporte en cada país, después convertidos –en el futbol- en organizaciones continentales: la UEFA o la EBU (European Broadcasting Union). Y la intervención estatal en regular la difusión de los eventos es muy superior en Europa. El deporte en Europa es resultado de actividades públicas y privadas, con diferentes grados de intervención estatal, según el país. Muchas federaciones deportivas reciben subvenciones del Estado y hay casos, como el italiano, en el que la de futbol financia al Comité Olímpico a través de las apuestas de pronósticos deportivos.

Todo esto, por supuesto, tiende a cambiar. Y Europa poco a poco se está acercando al modelo americano, pero con las características propias de su historia económica y cultural reciente. Las ingentes cantidades de dinero que se mueven en la Champions League son el principal elemento impulsor, y es lo que dado la idea de una liga supranacional de clubes en la que participen sólo los “grandes”. Esa iniciativa no sólo se ha topado con el rechazo de los clubes menores, sino también con el de la FIFA y también dentro de la Comunidad Europea.

El rechazo tiene tres razones: la primera es que un deporte eminentemente popular puede ser rehén de un grupo de multimillonarios ajenos al futbol mismo y a su función social; la segunda, que se cristaliza una división entre los equipos ricos y los demás, con la pretensión de que el grueso del dinero vaya a los primeros (esto incluye también a las naciones): un canto a la desigualdad; la tercera, que a cambio de una gobernanza institucional mundial (la FIFA y su corrupción) tendríamos una suerte de gobernanza dictada exclusivamente por el dinero (e igualmente corrupta).  

Luego de ver las diferencias entre los modelos estadunidense y europeo, y ver también que son una suerte de espejo de sus sociedades, uno se pregunta, “¿Y qué pasa en México?”. Se podría responder que México es un híbrido en constante transformación. También, de manera más contundente, que México trae un desmadre.

La organización nació como en Europa, e incluso con las típicas formas de identificación de clase, origen e ideología (los “prietitos” del Atlante, los “millonetas” del América, el Necaxa, de clase media y aristocracia obrera, el nacionalismo de las Chivas… o, antes, los equipos de comunidades de emigrantes como el España o el Asturias), pero con una intervención del Estado diferente. Algo de regulación nacionalista (algunos recordarán los límites para jugadores extranjeros), hartas prebendas y la intervención milagrosa del gobierno, ya sea federal (¿alguien se acuerda del Atlante-IMSS o del Oaxtepec?) o, más comúnmente, estatal: el equipo en primera división como bandera de la importancia de la entidad. Estas intervenciones, a cargo, por supuesto, del erario público.

Al mismo tiempo, la relación de la liga con la televisión ha sido enfermiza, con la hegemonía detentada sobre ella por Televisa, durante muchos años, y los problemas, a veces lindando en el caos, con los derechos de transmisión. La liga es una coalición, sí, pero desigual, con una intervención decisiva de las empresas de televisión. Y a veces los poderosos cometen locuras (¿se acuerdan de Chivas TV?).  Existe la lógica de la cantera, pero a menudo es rebasada por los intereses de un oligopolio de intermediarios, que –salvo honrosas excepciones- suelen vender petardos sudamericanos como si fueran futbolistas. Aquí existe el descenso, pero también la posibilidad de compra del no- descenso. Existe el ascenso, pero te puede suceder como a Unión de Curtidores: su victoria fue su desaparición del mapa. En otras palabras, existen leyes y reglamentos, pero no hay estado de derecho. Las leyes son de chicle. Y por supuesto, existe la parte europea del uso del prestigio deportivo para hacer negocios, sobre todo ligados a la política.

Pues sí, la manera en la que se organiza el deporte suele ser espejo de las sociedades. Aquí la ley a menudo pasa por el Arco del Triunfo. Luego nos asustamos por la iniciativa de ampliar el mandato en la Suprema Corte o por el enojo de que el INE haga cumplir la legislación electoral.

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