Opinión


Sobrecalentamiento precoz

Sobrecalentamiento precoz | La Crónica de Hoy

La junta de gobierno del Banco de México tomó hace unos días la decisión de aumentar la tasa de interés de referencia en 25 puntos base (es decir 0.25%). Lo hizo inmediatamente después de cerciorarse que el comportamiento de la inflación, tanto la actual como la subyacente, es muy superior a las metas fijadas por el propio banco central. De hecho, es aproximadamente el doble: 6%, frente al 3% que era el objetivo.

La idea detrás de encarecer el costo del dinero -que eso es la tasa de interés- tiene varios lados: por uno, promover un mayor ahorro y menor gasto: una menor demanda tiende a evitar que los precios sigan subiendo; por otro, propiciar la llegada de capital financiero del extranjero, atraído por el aumento en los rendimientos y, con ello, propiciar una baja del dólar, que a su vez se refleja en menor presión sobre los precios; por un tercero, al encarecer los créditos, también restringe la demanda de bienes y servicios.

Hay dos razones principales detrás del aumento de precios. Una es la recuperación del precio internacional del petróleo, que es una mercancía que se utiliza, directa o indirectamente, en prácticamente todas las cadenas de producción. La subida del precio de los energéticos, a su vez, está ligada a la mayor demanda mundial, que deriva de la recuperación económica global, luego de la brutal caída de la producción derivada de la pandemia.

La segunda razón principal es el intento de parte de varios operadores económicos de recuperar, aunque sea parcialmente, las pérdidas sufridas por la depresión económica causada por los confinamientos. Aquí hay que subrayar que, como en toda crisis, todos los que pueden hacerlo –y eso normalmente excluye a los asalariados- buscan mejorar su posición en términos de los precios relativos de los productos (que lo que ofrezco cueste más, en relación a lo que consumo). Esto se puede intentar de mejor manera cuando la economía vuelve a jalar: es decir, cuando hay gente dispuesta a comprar esos bienes o servicios.

Hay que hacer notar que, si bien la recuperación económica se está dando de manera global, no va a la misma velocidad en los diferentes países y tampoco va acompañada de los mismos impulsos inflacionarios.

En el caso mexicano -a diferencia, por ejemplo, del estadunidense-, la economía todavía no llega a sus niveles anteriores a la aparición de la pandemia. Sin embargo -de nuevo a diferencia de Estados Unidos y las naciones más desarrolladas, que sí tuvieron grandes programas de apoyo a la producción y el empleo- las presiones al alza de los precios son mayores. Esto obliga a tomar medidas como las que instrumentó Banxico.

Aquí, siguiendo los lineamientos del presidente López Obrador, no ha habido un aumento notable del gasto y la inversión públicos; tampoco hubo un incremento explosivo de la deuda; mucho menos hubo apoyos para quienes perdieron ingresos durante los peores meses de la pandemia. Hubo, en resumen, un comportamiento procíclico, que hizo más profunda la depresión económica.

Lo lógico, en esas circunstancias, es que el índice nacional de precios al consumidor vaya a la baja, con cambios solamente en la composición de precios relativos (sube la canasta básica, bajan otros productos). Así fue, pero apenas empezó a repuntar la demanda, y aún estando lejos del punto de partida, las presiones inflacionarias aparecieron. En otras palabras, hay menos demanda que hace 15 meses, pero los agentes económicos se comportan como si hubiera más.

Esto nos habla de que está desapareciendo el acuerdo tácito preexistente respecto a los precios relativos de los productos. Cada quien busca reacomodarse porque percibe que está ante una situación nueva. Y también percibe que está en la jungla de todos contra todos.

La conclusión es que estamos ante un sobrecalentamiento de la economía que no debió ser. O que se adelantó. Un sobrecalentamiento precoz. Los agentes económicos actúan como si la economía creciera demasiado rápido, aunque no sea así.

La respuesta normal de política monetaria -subir las tasas para enfriar la economía- resuelve sólo una parte del problema, la parte de la inflación que deriva del aumento de la demanda, y no lo hace de manera inmediata. No resuelve la de la búsqueda de reacomodos en los precios relativos, porque esa sólo puede darse mediante la política fiscal. La incertidumbre de la reforma en puerta no abona a la estabilidad.

Los efectos antiinflacionarios de la política monetaria, además, tardan en hacerse sentir, mientras que los que tienen que ver con la dinámica de la economía son más rápidos. Habrá un freno a la recuperación en marcha. Y ese freno puede ser mayor si, dentro de unos meses, considerando que la inflación no ha bajado lo suficiente, Banco de México vuelve a subir la tasa de referencia.

El sobrecalentamiento precoz es un indicador de problemas estructurales en la economía y de la posibilidad de que se generen nuevas distorsiones en la estructura de precios, sin que haya el crecimiento necesario para mitigarlas.

Por ello, será necesario tener mucha claridad en la reforma fiscal: que cada quien sepa qué le toca. Junto con ello, se requieren medidas de promoción económica, para evitar que la recuperación aborte antes de tiempo. Soltar, con atención al comportamiento diferenciado de los sectores de la economía, programas de estímulo e inversiones públicas.

Desgraciadamente, en tiempos de prioridades chuecas, donde todo lo que importa es meterle dinero a Pemex, es como pedirle peras al olmo.    

         

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