Opinión


Los maestros

Los maestros  | La Crónica de Hoy

El estado y la sociedad deberían reconocer que la profesión docente es la más importante para el país, que su papel es decisivo para la cultura, para la democracia y para el desarrollo.

Pero ese reconocimiento no se concede. Al contrario, a los maestros se les subestima, se les considera sub-profesionales, se les remunera con salarios indecorosos, no comparables con los de otras profesiones.

Hay razones históricas que explican esto: el magisterio fue visto por el estado de la revolución mexicana como un ejército civil cuya misión era integrar a la población a los patrones culturales de la modernidad.

Se concibió al maestro como un profesional de estado y se decidió que fuera entrenado no en la universidad sino en escuelas especiales dependientes del estado, las escuelas normales, que tuvieron una época gloriosa hacia la mitad del siglo XX, pero que desde hace décadas sufren la desatención y olvido de los gobernantes.

Los maestros, además, carecen de poder. Por un lado, nunca se han organizado de forma autónoma en colegios o academias profesionales y su única forma de agregación ha sido un sindicato nacional de carácter corporativo, que ha funcionado, en la práctica, como brazo de control político del estado.

Por otro lado, los maestros no tienen poder sobre su materia de trabajo. No gozan de autonomía profesional. El proceso de enseñanza del cual son titulares es reglamentado de forma exhaustiva por una gigantesca burocracia que se integra con un centro federal (la SEP) y con 32 centros estatales (las secretarías locales).

El maestro es, por tanto, un operador de consignas que provienen de fuera de la escuela y dejan muy poco espacio para su intervención autónoma. Un alto porcentaje de docentes de educación básica trabajan con base en el libro de texto y ejercen, por así decirlo, una pedagogía libresca.

El problema del docente de escuela pública es el tiempo. Nunca alcanza. Las jornadas son breves; además, el maestro se ve distraído de su tarea principal por los problemas de conducta del grupo y por las cargas administrativas que le impone la burocracia educativa.

No hay luces sobre el trabajo del profesor. Ese trabajo se realiza en la sombra. Nadie observa la labor silenciosa, agobiante, heroica y anónima que 2.5 millones de maestros realizan todos los días frente a niños y adolescentes. En México no hay actualmente --como en otros países--, sistemas de reconocimiento y estímulos para los maestros que logran buenos resultados de aprendizaje o que realizan su labor en condiciones adversas.

El maestro está solo, no tiene aliados. El algunos casos --son excepción--, los padres de familia apoyan a los docentes, en la mayoría, sin embargo, sobre todo en los últimos años, se ha creado un abismo entre padres de familia y maestros. Muchos padres no ven a la escuela como un lugar de formación intelectual y moral de sus hijos, sino como simple guardería y reaccionan con hipersensibilidad cuando les sucede algo a sus vástagos y, de inmediato, culpan al maestro. 

El actual gobierno prometió revalorizar la profesión magisterial, pero sucedió lo contrario: en estos tres años la profesión docente se ha visto castigada y desatendida. El dinero que se dedica a las escuelas normales sufrió una disminución drástica y lo mismo ha pasado con los recursos que se ocupan para formación continua de profesores. Es penoso decirlo, pero el futuro para los maestros de México seguirá siendo sombrío.

 

 

 

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