Opinión


Las dimensiones biológicas: el tiempo ecológico y el evolutivo*

Desde hace más de 30 años, como uno de sus objetivos de divulgación científica al ingresar como miembro de El Colegio Nacional, el doctor José Sarukhán se propuso analizar los procesos que afectan la diversidad biológica en nuestro país, entre ellos los derivados de la actividad humana. A propósito de la mesa redonda que el colegiado coordinará hoy, Revalorar la diversidad, retomamos algunos de ellos

Las dimensiones biológicas: el tiempo ecológico y el evolutivo* | La Crónica de Hoy

Por José Sarukhán**

Pocos países en el mundo, de igual o mayor diversidad biológica, tienen un grado de endemismo comparable al de México. En el anterior contexto de la diversidad biológica, habremos de analizar el impacto que una especie, producto del mismo largo y continuo proceso evolutivo que es responsable de la diversidad biológica en nuestro planeta, ha tenido sobre dicha diversidad. Me refiero a los efectos de la actividad del hombre sobre su entorno natural. [...] Esta actividad humana genera, en estimaciones de la FAO, la destrucción anual de cerca de 100 000 kilómetros cuadrados de selvas tropicales. Esta extensión representa a un área similar a la cubierta por el Estado de Durango. Para el caso de nuestro país, la estimación de la tasa de deforestación de nuestras selvas es cercana a las 400 mil hectáreas anuales. 

Analizaremos por qué, a pesar de que exista esta tasa de deforestación de las áreas tropicales del mundo, las necesidades alimentarias de dichas zonas no se han satisfecho, generando, sin embargo, el problema global de largo plazo más serio que confronta la humanidad y que es la pérdida de la diversidad biológica de este planeta en el término de unas cuantas décadas. Este es un problema global, que no importa si se le contempla desde el punto de vista científico, estético o moral, o se le considera pragmáticamente como la pérdida de opciones futuras que pueden ser de interés para el beneficio del hombre, tiene las repercusiones más duraderas de todos los problemas globales que en la actualidad encaramos. 

Lo anterior, como habremos de ver en su oportunidad con debido cuidado, es en especial doloroso en un país que, como el nuestro, une a su gran diversidad biológica, una riquísima diversidad cultural que es, en gran parte, resultado de la primera. Esta diversidad cultural, correlativa a la biológica, es el producto de una de las interacciones y conocimientos más íntimos de los que se tiene registro entre las sociedades humanas. Nos referiremos al proceso por el cual nuestras diversas culturas prehispánicas, con un profundo conocimiento de su entorno natural, diseñaron no solamente organismos como, por ejemplo, el maíz, las calabazas y el jitomate, sino que aprovecharon muchos otros mejorándolos como fue el caso del cacao, el algodón y el tabaco; todos ellos, y muchos otros, constituyen contribuciones invaluables de las culturas mesoamericanas al mundo. También consideraremos detenidamente las formas en que, además de organismos útiles, dichas culturas diseñaron sistemas agrícolas y forestales de producción que nutrieron y sostuvieron el florecimiento de sus culturas. 

Hablaremos de cómo diferentes grupos étnicos y sociedades rurales en la actualidad se relacionan con sus recursos y desarrollan uno de los bagajes de conocimiento y utilización de flora y faunas más intensos, ricos y complejos del mundo. De cómo, fundamentalmente por razones de aculturación, en un país en el que hay registradas más de 500 especies de plantas que han sido utilizadas como alimento por el hombre, y que aún lo son en numerosas poblaciones rurales, hemos llegado a un estado de depauperación tal en el uso de nuestros recursos, que tres o cuatro especies de plantas constituyen más del 80% de la dieta actual de la población mexicana. 

Enfrentamos, como sociedad, la necesidad de generar una nueva ética de relación con el entorno biológico y físico en un planeta al que nos hemos incorporado apenas ayer. Si representamos al período desde la formación de la Tierra hasta nuestros días, en la medida de esa anacrónica unidad inglesa que es la yarda, y que se definió en la antigüedad como la distancia que había desde la punta de la nariz del rey hasta la punta de su dedo medio con el brazo estirado, la presencia de la especie humana sobre la tierra quedaría borrada con una sola fricción de una lima de uñas en el dedo medio. 

Somos recién llegados al escenario donde se ha representado la grandiosa obra de la evolución y nos consideramos, quizá por la esencia misma de nuestra naturaleza, no solamente los actores principales de la obra, sino sus directores.

El conjunto de desarrollos tecnológicos y fenómenos sociales que podemos denominar como “los tiempos modernos” han producido en las sociedades humanas una desorientación respecto a nuestro lugar en el orden natural de las cosas: a fuerza de medir todo en términos de su beneficio humano, hemos perdido noción de nuestra dependencia como criaturas de este planeta. Nuestro grito de “¡somos los amos de la Tierra”! ha sido contestado por el eco del inmensurable abismo que se abre a nuestros pies. Debemos hablar, en nuestras relaciones con el ambiente que nos rodea, de una ética mucho más compleja que la del simple beneficio directo e inmediato al hombre. Tenemos que pensar en una ética que nos ubique como usuarios de un sistema biológico, al mismo tiempo intrincado y muy vulnerable, del que dependemos total e inescapablemente.

*Tomado de José Sarukhán. Las dimensiones biológicas: el tiempo ecológico y el evolutivo. Discurso de ingreso (26 de junio de 1987). México, El Colegio Nacional, 2013. 

**Miembro de El Colegio Nacional.

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