Opinión


La pluralidad persistente

La pluralidad persistente | La Crónica de Hoy

México se alista a unas elecciones intermedias diferentes a las normales. Son las más relevantes, al menos, desde 1997, cuando por primera vez el PRI perdió la mayoría en el Congreso. El próximo 6 de junio ha sido visto, por las diferentes partes en liza, como una suerte de referéndum sobre el desempeño del gobierno de López Obrador y como la oportunidad de acelerar las (contra)reformas impulsadas por AMLO, o de ponerles un valladar.

En el imaginario de la 4T estuvo, por mucho tiempo, la idea de que estas elecciones servirían para confirmar el rumbo y para dar un espaldarazo general al nuevo grupo en el poder. Varios elementos impidieron que fuera así. Los más destacados son: el mal comportamiento de la economía, empeorado por la actitud pasiva del gobierno ante los efectos del confinamiento pandémico, el manejo de la pandemia en términos sanitarios, la persistencia de la violencia e inseguridad y la prepotencia de los grupos criminales, las pretensiones -evidentes para muchos- de pasar a un gobierno unipersonal y, de botón, la tragedia en el Metro y la polémica selección de candidatos de la coalición morenista.

El hecho es que el sentimiento generalizado, a unos días de la elección, es de incertidumbre. En la mayoría de las contiendas no está claro quién será el ganador y la posible composición de la Cámara de Diputados admite muchas posibilidades.

Eso, de entrada, es positivo. Habla de la pluralidad persistente en el país, en contra de la idea de un regreso a los tiempos del Partidazo (ahora con otros colores).

Por otra parte, implica riesgos, precisamente porque la expectativa original del grupo en el poder era un refrendo sin más, y los reflejos caudillistas de López Obrador pueden convertir resultados electorales que no le sean tan favorables en una ocasión para oprimir con más fuerza, y repetidas veces, el pulsante de la destrucción de las instituciones democráticas, empezando por el INE.

Es probable que los resultados reflejen, más que cambios radicales en los porcentajes de votación, modificaciones en la composición del voto. Estas, a su vez, reflejarán cambios en las bases electorales de cada fuerza.

De entrada, se prevé que las diferencias regionales sean mucho mayores que en 2018. El norte de la república parece alejarse con rapidez del lopezobradorismo, mientras que éste se afianzaría en el noroeste y en el sur-sureste. La Ciudad de México probablemente dejará de ser el bastión principal de Morena, cuyos ejes se mueven hacia el sur empobrecido.

También es previsible que el cambio en la composición del voto se dé entre los estratos sociales (nótese que no estoy hablando de clases). Está claro que Morena se está agenciando el voto mayoritario de los beneficiarios de los programas sociales. Los que se preguntan en las redes sociales si acaso hay alguien que haya votado por el PRI o el PAN que ahora lo haga por Morena, lo están preguntando en el lugar equivocado. Hay que ir adonde llegaron las becas y pensiones.

También es claro que el lopezobradorismo ha perdido apoyo entre las clases medias con estudios, que esperaban otra cosa cuando se deshicieron de los partidos tradicionales. En ese sector, el problema ha sido la poca capacidad de la oposición de ofrecer algo más que el rechazo a los excesos y caprichos del Presidente.

Esa combinación es la que impedirá que la alianza encabezada por Morena se desfonde este 6 de junio, a pesar de los errores de Palacio. Y la que hará todavía más interesantes estas elecciones.

Las contiendas por las gubernaturas, en donde hace unos meses se esperaba un carro semicompleto para Morena, si bien se traducirán en una sustancial ganancia neta para la coalición en el poder, también subrayarán la pluralidad política que vive la Federación, con varias victorias opositoras. Esto, a su vez, y conociendo las reacciones de López Obrador, puede significar una posterior acometida centralista, para minar el contrapoder que significan los gobiernos estatales.   

Finalmente, las elecciones servirán también para ver cuál es el estado de salud de la demoscopía en el país. Ha habido una proliferación inusitada de encuestas, con la irrupción de nuevas empresas. Y aunque se sabe que las encuestas no son predicciones, sino fotografías del momento, los datos servirán para hacer una nueva criba.

Esto no exime a la mayor parte de las encuestadoras del pecado de utilizar las encuestas electorales como carreras de caballos. Es cierto que importa saber quién va adelante y por cuánto. Más aún cuando se pone de moda hablar del voto útil. Pero igualmente relevante es saber cuáles son los resortes que mueven a los electores a decantarse por un lado o por otro. Y en eso, México lleva un largo rato estancado.

No sé si ese estancamiento sea causa o reflejo de la poca profundidad de las campañas electorales, pero sin duda son elementos que van de la mano.

El 6 de junio iremos a votar. Los votos se contarán y se contarán bien. Al final, tras gritos, sombrerazos e impugnaciones al por mayor -como parte de una estrategia, pero también porque sobran los malos perdedores- en la Cámara y en los estados habrá una representación que reflejará razonablemente la voluntad de los ciudadanos.

Ese desenlace no es poca cosa. Costó mucho trabajo, muchas luchas, que así fuera. Por lo mismo, hay que seguirlo cuidando. La pluralidad es algo que nunca debemos dejar de apreciar.

 

        

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