Cultura


"La otra Isabel" (fragmento), de Laura Martínez-Belli*

*"La otra Isabel" (Planeta), © 2021. Laura Martínez-Belli, © 2021. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México.

Copo de Algodón

 

Tenochtitlan, año 1520

 

Tecuixpo Ixcaxóchitl, Copo de Algodón, caminaba deprisa por el palacio, seguida muy de cerca por su hermano Axayácatl. Ambos trataban de pasar desapercibidos por la guardia apostada en los rincones. Muchos españoles custodiaban el palacio construido por su abuelo Axayácatl, el padre de su padre Moctezuma Xocoyotzin, mucho antes de saber que un día el recinto sería cuidado por hombres extraños que habían venido del mar.

—Date prisa, Axayácatl —susurró la niña.

—No corras tanto, Tecuixpo.

—Caminas muy lento, los barbados nos descubrirán y no nos dejarán ver a nuestro padre.

—Nos descubrirán como sigas hablando. Guarda silencio.

No muy lejos de allí, Moctezuma recorría la habitación de lado a lado. Llevaba un año siendo prisionero en su propio palacio por los hombres del este, los causantes del desequilibrio, y la impaciencia comenzaba a recorrerlo entero. Pese a los intentos del tlahtoani,1 nada parecía hacerlos entrar en razón. Los barbados pedían oro para aliviar un gran mal que les acechaba el corazón, y oro se les daba. Los barbados pedían comida y mujeres para saciar su apetito, y mujeres y alimentos se les daban. Los barbados pedían madera para hacer navíos y poder irse, y Moctezuma hacía talar árboles para proporcionar el material que les facilitara la marcha. Así, manteniéndolos entretenidos con promesas de riquezas y avituallamiento, habían pasado meses y fases del calendario. Pero los barbados no partían. Moctezuma sopesaba si no sería la guerra la única opción. De declararla, moriría mucha gente y, además, los mexicas no libraban jamás guerras dentro de la ciudad. Tenochtitlan era un oasis alejado de la destrucción, del dolor y la pestilencia. Las guerras se hacían fuera de los territorios habitados, en las tierras fronterizas donde no había cultivos ni población.

Oculta tras una mueca de congoja, una sonrisa intentó asomarse a sus labios cuando pensó en la belleza y vastedad de sus dominios. En el sinnúmero de canoas que recorrían la ciudad desde el centro hasta los márgenes de los lagos, en la multitud de templos y palacios que sobresalían por la línea del horizonte y en las tres largas avenidas, infinitas como la distancia del suelo al cielo, que recorrían la ciudad de lado a lado. Pensó en el calmécac y en el gran templo de Tenochtitlan en donde los monarcas se recluían en tiempos de luto y en donde él, al enterarse de que aquel al que llamaban Malinche Cortés y sus barbados se encaminaban hacia Tenochtitlan, había permanecido durante ocho días en profunda oración. A lo lejos se escuchaba el bullicio de trescientas mil almas, y Moctezuma cerró los ojos para percibir mejor el trajín de los mercados, el ir y venir del intercambio de frutas, de maíz, miel y frijoles, cacao, cacahuate, tabaco, hule y plantas medicinales de infinidad de formas y virtudes; la multitud de familias con hijos en brazos y a espaldas de sus madres cruzando los puentes de madera que atravesaban los canales y que en la noche se retirarían por estrategia militar y por protección de los lugareños a las barcazas recogiendo desperdicios y excrementos con los que fertilizar las chinampas,2 los acueductos en pleno funcionamiento, diques que abastecían con el agua dulce de los ríos a una población rodeada por el agua salada del lago de Texcoco.

Moctezuma abrió las aletas de la nariz para aspirar los olores que el aire de la ciudad arrastraba hacia él. Olores conocidos de flores mezclados con los picores de los chiles y del maíz tostado, venados asados en leña y vasijas de barro, peces traídos desde las costas, tan frescos que aún abrían y cerraban sus branquias. El tlahtoani pensó por un momento que recluirse en su propio palacio junto a la alta nobleza y sus cientos de siervos era un bajo precio por resguardar la gloria de su imperio.

Moctezuma estiró el cuello y vio uno a uno de los dieciséis españoles que lo custodiaban en las puertas. A disgusto, soltó aire despacio. Esta situación no podía prolongarse mucho más. El hombre en la puerta, un moreno de barba tan cerrada que le cubría la boca y las orejas, alto como una montaña, evitó mirarlo directamente a la cara, pues —estaban avisados— a Moctezuma no se le podía mirar a los ojos. Y el tlahtoani podría estar preso desde hacía más de diez meses, sometido y humillado, pero ¿para qué tensar más la situación? El español se giró y dejó al hombre deambular en paz. No había pasado mucho tiempo cuando un proyectil de barro reventó en una de las paredes de las habitaciones.

—¡Será posible! ¡Quién va! —gritó el barbudo descomunal, antes de abandonar la puerta que custodiaba y salir corriendo.

Los pasos del hombre se desvanecieron en un eco pasillo abajo. Moctezuma sonrió, porque reconocía muy bien los modos que sus hijos tenían para llegar hasta él. Desde el interior, ordenó con voz calma:

—Pasen, niños.

Los chiquillos entraron con cautela, paso a paso y sin correr, con la mirada gacha. A pesar de la travesura, aún mantenían el respeto impuesto desde pequeños al estar en presencia de su padre. Tecuixpo avanzó despacio, pero al alzar la cabeza Moctezuma pudo ver esa sonrisa que lo cautivaba, cruzando el rostro de la niña de oreja a oreja. Una sonrisa que rara vez mostraba en público. La niña saltó cual lince y se tiró al cuello de su padre para colgársele en un abrazo.

—Tecuixpo, no seas tan impulsiva, niña. Me vas a partir la espalda —dijo sin soltarla.

Moctezuma y Tecuixpo permanecieron en silencio unos segundos, juntando sus frentes.

Axayácatl, más prudente y de pie a su lado, notó la mano de su padre posarse sobre su cabello negro y brillante.

—Hijos míos, ¿cómo han estado?

La expresión de la niña se tornó dura como la obsidiana.

—Aburrida, padre.

—Pero cómo puedes aburrirte en este palacio, con todo lo que hay...

—Esto es una jaula, padre. No me gusta estar aquí atrapada.

Moctezuma se liberó de los brazos de la niña y la colocó en el suelo.

—A mí tampoco —contestó—, pero habremos de acostumbrarnos.

—No entiendo por qué no mandas a los barbados de regreso

al mar.

—Algún día entenderás mis razones, Tecuixpo. Y no está bien que una hija juzgue a un padre.

Tecuixpo se clavó en la severidad de unos ojos que escondían muchas tribulaciones. Moctezuma no estaba acostumbrado a que lo mirasen así. A un tlahtoani no se le podía mirar a la cara, so pena de muerte. Sin embargo, a su hija no solo se lo permitía, sino que incluso encontraba cierto placer al verse reflejado en sus ojos de piedra. Aunque ahora se sentía incómodo. Sabía que los ojos de su hija lo escudriñaban en busca de respuestas que no podía darle.

—¿Iremos a la guerra?

—No si puedo evitarlo.

 

1

Tlahtoani: el gobernante de una ciudad. La palabra se traduce como «el que habla», «el orador» o, entendido de otro modo, «el que manda», «el que tiene autoridad». Huey Tahtoani es «gran gobernante». Su plural es tlahtoqueh.

 

2

Chinampa: terreno de poca extensión construido en un lago mediante la superposición de una capa de piedra, otra de cañas y otra de tierra, en el que se cultivan verduras y flores.

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