Opinión


Enigma de la poesía

La poesía se podría pensar a través de las antinomias: es una inutilidad necesaria o, como dijera Borges, es inmortal y pobre; o un adorno del espíritu con aire simbolista

Enigma de la poesía | La Crónica de Hoy

Pensaba Octavio Paz que a todo poeta verdadero le interesa reflexionar sobre los procesos de composición de sus poemas, el tejido de las palabras, las relaciones entre ellas, el ritmo que concitan y la impresión que pudieran causar en el escucha o lector, considerando que nadie escribe para sí mismo; porque aún frente al espejo se opera un desdoblamiento de la personalidad, la búsqueda del otro; según lo expresaran de diversos modos Rimbaud y Baudelaire.

       Pero sucede que dicha especulación pareciera más bien un fenómeno moderno, que arraiga en el romanticismo y se proyecta en el simbolismo francés para desembocar en las vanguardias de principios del siglo XX, donde hacen eclosión los poemas autorreferenciales que pretenden exhibir sus mecanismos de construcción, se comparten con otros poetas y hacen guiños a los lectores para que se “curen” de la “ingenuidad” heredada del bajo romanticismo hispanoamericano, del estertor del modernismo y se conviertan en guerreros del lenguaje.

      En Hispanoamérica, recordamos con particular efusión el célebre poema creacionista del chileno Vicente Huidobro, quien cuestiona a sus compañeros de viaje con estos versos memorables: “Por qué cantáis la rosa, ¡oh, Poetas!/
Hacedla florecer en el poema”, y como él, otros pregonan su credo, a la manera de los esclavos, parafraseando a Alfonso Reyes, que aún con los grilletes en los pies agitan sus cadenas. 

     Sin embargo, tales expresiones de libertad creativa no siempre fueron aceptadas por la preceptiva de las academias, la cual, en nuestro ámbito cultural, se remonta a la Poética de Aristóteles, quien sintetizó las formas recurrentes del drama y la poesía épica de su tiempo. La obra que hoy conocemos del filósofo es fragmentaria y la parte que se conserva se ocupa especialmente de la tragedia, donde exhibe sus vínculos con la historia, la épica y las leyendas que aún prevalecían en la mente de los griegos.

     Para Aristóteles, imitar y conocer son procesos placenteros para la criatura humana; de modo que la mímesis es un mecanismo que permite al poeta extraer de la naturaleza y de la sociedad los colores, sonidos y caracteres para construir sus obras. En este sentido, la tragedia imita a los héroes excelsos y la comedia, al contrario, a los viles y bajos. Asimismo, de la Poética recuperamos la idea aristotélica sobre la veracidad del relato según el género discursivo de que se trate. En consecuencia, la poesía épica nos cuenta las cosas como desearíamos que hayan sucedido, la historia narra los hechos como ocurrieron, mientras que la filosofía se ocupa de la verdad imperecedera.

“La poesía es un nacimiento que no cesa, que no aprenderá a morir”

     Después de la Poética de Aristóteles, según la opinión de los especialistas, no habido una obra que le iguale en altura, o que pudiera teorizar sobre los géneros literarios sin incurrir en tremendas confesiones. Pareciera, entonces, que la especulación teórica prácticamente concluye con el estagirita y cede el paso a las preceptivas que dictan las reglas e instruyen las maneras de escribir, según los clásicos.

     A esta línea corresponde el poeta latino Horacio, para quien la poesía combina belleza y utilidad, y posteriormente, en el renacimiento europeo, autores como Dante Alighieri, Petrarca y Boccaccio recuperan los moldes clásicos para reanimarlos en las lenguas romances; especialmente al “Divino” Virgilio, quien fuera el guía de Dante, en su paso por el infierno en búsqueda de Beatriz.

     A partir del Renacimiento, se opera un salto al clasismo francés y después al español, cuya prédica consiste en revivir los estilos y formas de los griegos y latinos, y en el teatro, por ejemplo, recuperan las tres unidades aristotélicas de acción, tiempo y lugar. Destacan dos teóricos en dicha tendencia: Nicolás Boileau e Ignacio de Luzán, cuyas lecciones serán cuestionadas en los siglos venideros por el romanticismo, las tendencias decimonónicas y los movimientos de vanguardia de principios del siglo XX.

      Una cuestión que no dilucidó Aristóteles, ni los que le siguieron en las centurias venideras, fue la respuesta a qué es la poesía. Bécquer conjeturó que la poesía era la imagen del ser amado; Rosario Castellanos dijo que la poesía era exactamente lo contrario y un autor, tan serio y admirado como José Gorostiza, dijo que el creador solo sabe señalar el punto en que hay poesía y de dónde se ha ausentado. 

     En este sentido, llama la atención que el poeta catalán Agustí Bartra, ya muy entrado el siglo XX, se pregunte para qué sirve la poesía y que, finalmente, él mismo caiga en las arenas movedizas de las definiciones. Sobre la utilidad de la poesía, también hay una larga discusión; recordemos que entre los griegos el “arte” es una manera de hacer algo, como el arte de hacer una mesa, una pintura o el arte de hacer amigos. Por eso Sócrates y Platón apreciaban más lo que tenía un valor de uso práctico, contrario a la poesía lírica, que surgía de la imaginación, del transe del aedo y desaparecía cuando éste “recobraba la cordura”, según ellos.

    De esta manera, la poesía se podría pensar a través de las antinomias: es una inutilidad necesaria o, como dijera Borges, es inmortal y pobre; o un adorno del espíritu con aire simbolista. Pero desde las tendencias ideologizantes, la poesía es liberadora, como pensaba José Martí; es un baño de cultura para el pueblo, aún para aquellos repelentes al agua (T.S. Eliot); o es un alimento, como el pan de cada día, un arma cargada de futuro (Gabriel Celaya), y así podríamos continuar enumerando definiciones que describen los efectos, pero no el proceso de construcción de los poemas.

      Para Agustí Bartra “La poesía es un manantial que siempre está naciendo. La poesía es un nacimiento que no cesa, que no aprenderá a morir, porque pueden morir las palabras y mueren– pero no la voz que se quiere hacer eternidad con el destino del hombre sobre la tierra”.

    Para concluir, recordemos a Walt Whitman cuando un niño tomó un manojo de yerba entre sus manos y le preguntó: “¿qué es esto?”, y el desconcierto le impidió responderle. ¿Algo similar ocurrirá con la poesía?

     

      

     

     

        

 

       

       

      

Comentarios:

Destacado:

+ -