Opinión


El diseño inteligente

Mucha gente alrededor del mundo no ha creído en las causas y efectos de la pandemia, pese a los estragos provocados por este flagelo, cuyas evidencias saltan a la vista no solo en territorios remotos, sino entre conocidos y familiares

 El diseño inteligente | La Crónica de Hoy

Sin título (1945), de Cordelia Urueta. 

La pandemia actual ha puesto sobre la mesa una serie de supersticiones y preconstruidos culturales, como dirían los sociólogos, que hace mucho tiempo creíamos superados; sobre todo, si se considera que las escuelas, a partir del movimiento ilustrado del siglo XVIII, se han empeñado en combatir el oscurantismo, el reino de la magia y los espíritus, mediante la luz de la razón, el avance de las ciencias naturales y el auge de las tecnologías. 

      Sin embargo, todos esos reflectores no han sido suficientes para desterrar el miedo subterráneo que anida en la sombra ancestral de nuestro pasado evolutivo; región donde gobiernan los instintos, como lo suponía el psicólogo Jung, pues pensaba que nuestra conciencia es muy limitada, frente a los millones de años de evolución, recorridos por el Homo sapiens.

      En este contexto, mucha gente alrededor del mundo no ha creído en las causas y efectos de la pandemia, pese a los estragos provocados por este flagelo, cuyas evidencias saltan a la vista no solo en territorios remotos, sino entre conocidos y familiares, quienes han muerto de asfixia sin que pudiéramos hacer nada, ante la falta del antídoto correspondiente y la escasez o nula atención médica, debida al colapso de los sistemas hospitalarios a nivel global.

       Pues a pesar de todo esto, hay millones de personas que niegan la existencia de la enfermedad, que rechazan el uso del cubrebocas y, en general, las medidas sanitarias de prevención, y atribuyen el “escándalo” generado en los medios informativos, a una conspiración de los gobiernos para ocultar asuntos más delicados de política pública, o bien, a un plan secreto para inocular la esclavitud mental en los ciudadanos, mediante la inyección de un chip, o algo por el estilo, a través de la vacuna. En consecuencia, hay un amplísimo rechazo a su aplicación, como sucede en Estados Unidos y en muchas regiones de México.

      Lo antes mencionado pareciera inaudito, pero resulta explicable si recordamos que en nuestros días aún persiste el rechazo a la teoría evolutiva certificada por Darwin y probada con innumerables descubrimientos posteriores, incluida la lectura del genoma humano y los estudios de la biología molecular; a pesar de ello,  varios grupos conservadores y asociaciones religiosas en el vecino del norte continúan presionando para que se enseñe en las escuelas el testimonio literal y “científico” de la Biblia y, especialmente, el “Génesis”, como prueba irrefutable de que Dios creó al universo y el hombre en seis días, mientras que los huesos de los dinosaurios fueron sembrados por él para jugar con el imaginario colectivo.

      Para combatir el nuevo oscurantismo resulta oportuna la aparición de la obra ¿Soy un mono?, de Francisco J. Ayala, una afamado biólogo evolutivo, sacerdote católico y miembro de la Academia de Ciencias de los Estados Unidos. Desde el título, el libro pareciera apuntar a una terapia de choque, la pregunta es de obvia respuesta: yo no soy un mono, pertenezco a la especie del Homo sapiens, aunque comparto con los monos un pasado evolutivo.  

     Asimismo, el autor parte del reconocimiento de la teoría de Darwin, uno de los científicos más influyentes de todos los tiempos, y afirma de manera categórica: “Está más allá de toda duda que los organismos, incluidos los humanos, han evolucionado a partir de ancestros muy diferentes a ellos” y, en consecuencia, no se puede negar lo evidente y tampoco se debe caer en una polémica donde se mezclen posturas de diferentes ámbitos. 

        La ciencia, la religión, la filosofía y el arte son formas de conocimiento, pero tienen procedimientos distintos para iluminar su objeto (tangible o no, físico o espiritual). La ciencia es metódica y experimental; la religión se sirve del arma poderosa de la fe; la filosofía predica la razón y el arte la intuición; aunque habrá momentos en que se puedan combinar ciertos elementos, sin perder su esencia.

      De esta manera, Francisco J. Ayala recuerda el trabajo desarrollado por los paleontólogos, quienes han descubierto restos fósiles de homínidos que datan de hace 7 millones de años y pueden mostrar las etapas del desplazamiento erguido y el desarrollo de la cavidad craneal, que dio como resultado el aumento del volumen del cerebro. Un hito importante de esta cadena consiste en el hallazgo de Lucy, el eslabón perdido, de la especie Australopithecus afarensis, distinguida por su andar airoso en dos pies, y con dedos pulgares bien desarrollados.

    Otras pruebas de la evolución del Homo sapiens las ha aportado la biología molecular, a partir del descubrimiento de la estructura del ADN por Watson y Crick, en los años cincuenta del siglo XX, y la lectura completa del genoma humano que permitió reconstruir, en retrospectiva, la distribución geográfica de los homínidos por los cinco continentes y, asimismo, se hizo la lectura completa del genoma del chimpancé, y se descubrió una coincidencia del 99% de sus genes con el humano.

      A todo esto, los partidarios del diseño inteligente, conscientes de que ya no pueden situar el desarrollo del hombre en el calendario bíblico ni tampoco en el jardín del edén, aducen que Dios ha intervenido en las etapas cruciales de la evolución para delinear el camino. Así, por ejemplo, la diferencia del 1% entre el material genético del chimpancé y el hombre se debe a la ingeniería divina. Y lo mismo piensan los “teóricos” de los antiguos astronautas, quienes suponen que los extraterrestres separaron al hombre del rebaño de los simios.

      Pero dada la ingenuidad de estas posturas, Francisco J. Ayala invita a deponer las hostilidades y optar por una teología sensible a los descubrimientos científicos, pues éstos aportan más elementos para maravillarnos del universo. Opina que “el significado del mundo y de la vida humana, así como los asuntos relativos a los valores morales o religiosos, trascienden la ciencia”, lo cual no inhibe las creencias particulares, recordemos que Hawkins estableció la analogía entre los hoyos negros y la divinidad, mientras que Einstein pronunció la sentencia “Dios es sutil, pero no malicioso”, pensando, como Spinoza, en la sacralidad de la naturaleza, con su espíritu imbuido en la materia.

 

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