Opinión


El arte de la existencia

Debemos vivir en una suave intersección entre Dionisos y Apolo, entre la diversión y la contención. Eso aconseja la sabiduría clásica. 

El arte de la existencia | La Crónica de Hoy

El arte suele entenderse como una manifestación estética “mediante la cual se interpreta lo real o se plasma lo imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros”, pero el término, en su origen, aludía simplemente a la capacidad o habilidad para hacer algo, según lo recuerda la Real Academia Española de la lengua, cuyos ejemplos prácticos fueron comunes en la antigüedad clásica, donde el arte era una especie de técnica o procedimiento que sustentaba los oficios. 

     En este contexto, El arte de la existencia del filósofo Josep Muñoz Rendón pareciera, a juzgar por su título, un manual de recomendaciones al vulgo para corregir errores, enmendar el camino y lograr la felicidad, como meta suprema de nuestro ser y estar en el mundo. 

      Sin embargo, esta primera conjetura se desvanece cuando averiguamos el verdadero propósito que subyace en la obra: “salvar la distancia, el valle desolador, que separa la vida del pensamiento”; para ello, fomenta la reflexión de diversos aspectos de la vida cotidiana, que también son temas relevantes de la filosofía y, sobre todo, de nuestras vivencias. 

     El arte de la existencia se enmarca en el “movimiento” y la “acción” porque estos recursos implican, contrario a la quietud o el abandono, la voluntad de vivir. El autor recuerda a Albert Camus –y a los vitalistas Schopenhauer y Nietzsche– para quien “juzgar si vale la pena o no vivir la vida equivale a contestar la pregunta fundamental de la filosofía”, y a partir de esta decisión señera se pueden buscar los medios para lograr una existencia digna, en medio de las realidades convulsas que hemos enfrentado, como especie, a lo largo de la historia.

     Elegir la vida es optar por el pensamiento, redescubrir el asombro originario, alimentar las sorpresas y las dudas frente al mundo que nos rodea; pensar es una actividad que nos reúne como especie y refuerza nuestra condición mental y social. El autor recurre a Heidegger y lo parafrasea: “Pensar es crear (…) generar sentido, engendrar ideas, provocar acciones, concebir mundos (…)”. Pensar es tender puentes.

    El pensamiento implica la gimnasia mental, cada amanecer es nuevo y representa una oportunidad, pero también nos recuerda Muñoz Rendón que la vida es breve, que se escurre como la arena o el agua entre los dedos. Vivimos en un escenario dramático, sometidos a la acción del tiempo y en medio de esta vorágine debemos valorar los instantes como dones preciosos y nichos de eternidad, así lo aconsejan los autores estoicos Epicteto, Séneca y Marco Aurelio.

     A la acción de la mente debe unirse la del cuerpo, las faenas diarias cansan, pero los paseos relajan y la percepción del mundo se enriquece con imágenes, sonidos, voces y olores diferentes. No solo se piensa con la mente o el corazón, también con los pies. Hay que caminar para refrescar las ideas. Los filósofos peripatéticos, incluido el famoso Aristóteles, solían platicar y caminar, en el jardín cercano al templo de Apolo. Sócrates fue un adicto de las plazas y el ágora; los cínicos convirtieron los espacios públicos en su casa, a la manera de los hippies, pordioseros o vendedores ambulantes de los tiempos modernos.

     Es amplia la lista de los filósofos caminantes, después de los griegos aparecen Rousseau, Kant, Kierkegaard, Nietzsche, Heidegger; todos ellos gozaban del placer del desplazamiento y le atribuían posibilidades curativas, como en su tiempo Pitágoras creyera que el baile o la danza eran medicinales, pues tenían el poder de reintegrar el cuerpo al ritmo de las esferas celestes, cuyas órbitas eran musicales.  

     Pero la marcha rítmica o pausada difiere de la velocidad o la prisa con la cual vivimos hoy. Recordemos que, a la ruptura del tiempo en apariencia inmóvil de la Edad Media, sucede la era de los viajes, los descubrimientos, las revoluciones francesa e industrial que terminan impulsando el dominio de las máquinas y las tecnologías. La velocidad rompe con un estilo de vida gregario e instala el simultaneísmo espacio temporal, que la poesía futurista de Marinetti festejó al comienzo del siglo XX. La sociedad globalizada impuso su propio ritmo.

       Frente a ello, algunos filósofos han actuado a la manera de los viejos anacoretas. Muñoz Rendón nos recuerda a Thoreau, Wittgenstein y Heidegger, quienes construyeron su propia cabaña en el monte, mientras que Nietzsche terminó en el claustro del manicomio y otros más se perdieron en los túneles de sus cavilaciones, como Althusser.

      La filosofía fue entendida en sus orígenes, según Sócrates, como una especie de terapia para ayudarnos a morir en paz. En este sentido, nuestras vidas transitan del nacimiento a la muerte, pero justo en medio de dicho devenir aparece la vivencia, que marca la conjunción de nuestro existir en un tiempo y espacio determinados.  

     Y precisamente, Muñoz Rendón, dedica a dicho tema un conjunto de ensayos ilustrativos. En principio, recomienda el juego, porque éste nos define e introduce al reino de la libertad, con base en ciertas reglas. El juego nos enseña a perder, lo cual es básico para sobrellevar las frustraciones de la vida. 

     Asimismo, es importante reír, reírse para descargar tensiones, restar solemnidad a las fantasmagorías del mundo y aligerar el paso. La risa, como sucedía en la comedia griega, exhibe los vicios, los caracteres y cuestiona la estructura social. Según Bergson, podemos reírnos de casi todo, excepto de aquellos temas que lesionen la dignidad de las personas o los grupos sociales.

      La risa es una expresión espontánea de la alegría de vivir y acompaña a otros deseos y placeres igualmente seductores como son la comida, el vino, el sexo, el deporte, la familia, la amistad, el dinero y el poder. Todo es posible si se opta por el justo medio, antes de que se conviertan en vicios. Por eso, Epicuro nos previene: “Todo placer, por el hecho de tener naturaleza innata, es bueno, pero, sin duda, no todos son dignos de ser escogidos.” Entonces, debemos vivir en una suave intersección entre Dionisos y Apolo, entre la diversión y la contención. Eso aconseja la sabiduría clásica. 

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