Opinión


El paisaje antes de la batalla

El paisaje antes de la batalla | La Crónica de Hoy

Han iniciado formalmente todas las campañas electorales rumbo a la cita de junio. Intentaremos hoy describir el paisaje antes de la batalla (aunque es claro que, en el gobierno de López Obrador, la campaña electoral es permanente).

Hay quienes quieren ver en estas elecciones una suerte de referéndum acerca de Andrés Manuel López Obrador, su persona y su gobierno. El primero en hacerlo es el propio AMLO, que intentó, pero no pudo, acoplar la consulta revocatoria de mandato con esta cita. También una parte de la oposición, que asume la polarización, se mueve con esa percepción.

La verdad es un poco más compleja. Por una parte, muchos de los compromisos electorales son locales, y ahí suelen mandar otros factores, asociados a problemas y proyectos precisamente locales y cobran más importancia los candidatos. Ahí están los ejemplos recientes de Hidalgo y Coahuila para mostrarnos que esas elecciones no son espejo de las federales.

Por otra parte, no hay una identificación automática entre López Obrador y su partido. Ya en 2018 hubo una diferencia de diez puntos porcentuales entre el porcentaje que obtuvo AMLO y el que obtuvieron los candidatos a diputados de la coalición Juntos Haremos Historia.

Aún más allá: si bien, tras un primer bajón, la aprobación a AMLO se ha mantenido estable en la mayoría de las encuestas, varias de ellas señalan una disociación entre el aprecio por el personaje y la evaluación de sus políticas, que es mucho más crítica, así como la opinión acerca de su gabinete y sus fracciones legislativas, que lo es todavía más.

Eso significa que no hay un trasvase automático entre la aprobación al Presidente y el voto por su coalición. Y en estas elecciones, a diferencia de las anteriores, López Obrador está impedido legalmente a llamar de manera explícita por un voto general a favor de Morena y sus aliados. Es de esperarse que estire la cuerda para hacerlo, pero no podrá ser tan claro y tampoco podría hacerlo sin consecuencias.

El quid en 2021 está en la Cámara de Diputados. El interés de López Obrador es conservar la mayoría absoluta para hacer pasar las reformas que le interesan (o las que se le pueden ocurrir en un futuro) sin necesidad de debate o de búsqueda de consensos. El deseo es tener una aplanadora que haga la voluntad del Presidente de la República.

En ese entendido está también la mayor parte de la oposición, expresada en una alianza, antes impensable, entre el PAN, el PRI y el PRD. La idea es evitar a toda costa esa mayoría absoluta de los morenistas, sin que importe mucho la composición de la bancada opositora. Con que estén contra el Peje, basta.

Y eso significa que esos tres partidos históricos han asumido como dato -como una constante, y no como una variable susceptible a cambiar- la polarización en torno a una figura dominante de la política. Eso coincide con el interés de López Obrador de centrar la elección en torno a su figura, y también con su caracterización caricaturesca del PRIAN, que ahora aparecería evidenciado.  

A diferencia de los partidos opositores grandes, Movimiento Ciudadano ha optado por la estrategia de jugársela solo en 2021. Al parecer su idea es, por un lado, capturar a votantes desilusionados de López Obrador que no regresarían a los partidos tradicionales y, por el otro, intentar desarrollar una base electoral que le permita competir en 2024 e, incluso, encabezar a la oposición.

Todos esos factores hacen que en esta ocasión la elección de candidatos cobre más importancia, también en las federales. Pero que una parte importante del debate sobre proyectos de nación, acciones legislativas posibles y hasta puntos de vista diferentes se pierda en el mar de la táctica y la estrategia electorales.

Esa lógica, en donde lo único importante son los puntitos en las encuestas para agarrar vuelo y convertirlos en los puntos porcentuales en las urnas, se traduce muchas veces en escoger candidatos que cuenten, de entrada, con un alto reconocimiento de imagen. Lo de menos es que no tengan preparación alguna o que su fama sea más mala que buena. Pareciera que el primer requisito para entrar a la elite de la política ya no es haber estudiado derecho en la UNAM, sino haber estado en la escuela de actuación de Televisa, en la cantera de algún equipo de futbol o en la familia de algún político que va de salida, pero no quiere perder influencia.

Y eso, a su vez, se traduce en el imperio de la imagen vacía de contenido, en el deslavamiento de las ideologías, en la sustitución de la plaza y la escuela por la pantalla (y no nada más por la pandemia); se traduce en un cambio de ejes en la política, donde la democracia es obligada a pasar por un tamiz que la aleja de la gente común… aunque todos hagan un esfuerzo en las campañas por parecerse a la gente común. No hay partido en México que no haya caído en esa trampa.

En esas condiciones, tarea del ciudadano es ver, no sólo quién le puede ganar a quién, sino si realmente los candidatos representan los intereses e ideales del elector, si tienen capacidad de pensar por sí mismos y tomar decisiones que beneficien a la comunidad, al estado o a la nación.

Al final, la diversidad política de los mexicanos quedará representada, pero ojalá fuera con quienes realmente tienen deseos de trabajar por México y no por sí mismos o por una pandilla. Y ojalá esa representación proveniente de la decisión de las urnas, sea respetada, porque el peligro más grave que se cierne sobre la democracia mexicana es que hay muchos que la quieren torcer hasta partirla. Por eso hay que defender al árbitro, que es el INE.

El paisaje antes de la batalla ya se ve desolador, para qué decimos mentiras. Pero falta dar esa batalla y. quien sabe, a lo mejor nos despertamos el 7 de junio y encontramos que los ciudadanos, en su pluralidad, son más sabios de lo que pensábamos.   

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