Opinión


“Ya no estoy aquí” y los cholombianos

“Ya no estoy aquí” y los cholombianos | La Crónica de Hoy

Mi colega Francisco Báez ha publicado en su “Blog de Piedras”, unas líneas breves y certeras sobre “Ya no estoy aquí” la película de Fernando Frías que se llevó gran parte de los premios Ariel en su entrega más reciente, y que  nos representará como país para competir por una nominación a mejor película extranjera en los próximos premios Oscar de la Academia de Estados Unidos.

Comparto con el maestro Báez el entusiasmo por esta cinta, que, como nos comenta. “es un filme extraño, diferente. Una experiencia que tiene la virtud de ir creciendo mientras más la vas recordando. Toca muchísimos temas y muchísimas fibras mientras cuenta una historia que no puede ser sino de derrota: la de Ulises, un joven miembro de un grupo de la subcultura-contracultura urbana Kolombia, muy amante de la cumbia rebajada, que se ve obligado a huir a Estados Unidos, y no se encuentra. Ni ahí, ni cuando regresa a su barrio marginal en Monterrey”.

Báez revindica la condición polisémica de la cinta, es decir, los múltiples subtemas que recorre su trama: una película, nos dice, sobre la soledad, sobre la incomunicación y sobre la marginalidad. 

Es también, me parece, una película homérica, quiero decir, que retoma el tema clásico del viaje de Ulises, sus aventuras, y su regreso imposible al mismo Itaca del que partió. No es casual en modo alguno que precisamente el personaje de la cinta se llame Ulises. Pero es también un Oliver Twist o un David Copperfield del siglo XXI, es decir un sobreviviente de un mundo rabiosamente injusto, como estos dos personajes memorables que describen los horrores de la sociedad victoriana retratada por Charles Dickens. 

Y es, por sobre todas lo demás, una película sobre este oscuro y cambiante objeto del deseo que es la identidad. Lo que sostiene al personaje, por encima de su condición de migrante y sus desgracias es un rabioso, sólido y perseverante sentido de pertenencia no a un país, ni aún idioma, ni a una ciudad, sino una a una tribu, a su tribu: los cholombianos. 

Justamente hace cuatro año escribí en esta columna sobre un libro publicado por la editorial Trilce y su directora, Debora Holtz,  que me parece un  antecedente fundamental para entender la película de Fernando Frías, aunque me parece que no se le otorgó el débito crédito en la cinta. El libro de marras se titula precisamente “Cholombianos”. Reproduzco aquí algunos fragmentos de aquel artículo con el propósito de complementar los comentarios a la cinta de nuestro director editorial. 

“La cultura popular en México, su estética barroca, contemporánea, trepidante, transfronteriza, sofisticada, en perpetua transformación y adaptación, ha sido documentada desde hace años por Deborah Holtz y su editorial Trilce. Uno de sus proyectos de rescate más recientes es un libro y una exposición de antropología y arqueología  cultural que documenta un fenómeno  urbano que tuvo lugar y desapareció hace poco en Monterrey”. 

“Cholombianos” es el proyecto fotográfico y documental de la diseñadora británica Amanda Watkins, quien se topó casi por casualidad con este fenómeno hace apenas una década cuando vivía por un temporada en Monterrey como profesora universitaria”.  

“Se trata, mejor dicho se trató, de una tribu urbana que, como suelen serlo, reinventó la identidad juvenil de los sectores marginales de la sociedad regia, en un cruce de diálogos entre el temperamento fronterizo del norte del país y su calidad de puente o punto de llegada de otras migraciones del continente, muy marcadamente de Colombia y su tradición musical en el género de la cumbia –o  la Kumbia con K como ha sido rebautizada por los cholos, los chavos banda del siglo XXI post TLC”–.

“Colombianos en diálogo creativo con cholos, es decir,  cholombianos: un fenómeno de la contracultura, una manera de bailar y de vestir, un microcosmos identitario efímero pero no por ello menos significativo. A su manera, una herencia del fenómeno Punk que en este año cumple cuatro décadas de haber surgido en el Reino Unido”.

“En la introducción del libro, se comenta: Los colombianos regios (…) inventaron su propia manera de vestir y comunicarse, (…) Son punks cumbiancheros que bailan con la agilidad de un breackdancero de Brooklyn y el flavor de un bailongo en Barranquilla”.

“Cuando se hacen retas, nos recuerdan a gallos de pelea, igual de coloridos y ágiles. Al bailar, parecen no tocar el suelo, y con las manos hacen señas tan crípticas como las leyendas de sus gigantescos escapularios de chaquira hechos en casa. En el remolino de la pista de baile, hay chicas que mueven las caderas tan bien que alguien las tendría que asegurar, como Heidi Klum, a sus piernas”.

“Esta subcultura ha mantenido la industria del gel para pelo a flote con peinados que ni siquiera el calor infernal regio logra derretir. Con sus enormes pantalones kaki perfectamente planchados, sus imágenes de San Judas y sus peinados alucinantes, son el movimiento juvenil más emocionante y auténtico  que hay en esta ciudad. Si la moda es innovar y tomar riesgos, los incomprendidos cholombianos están a años luz de distancia de los mirreyes. (…) Los regios se burlan de ellos”.

“No tenían un medio y lo tuvieron que inventar, no tenían un look y lo crearon, con litros de gel y horas de trabajo dedicadas a cada meticuloso escapulario. No imitaron a nadie porque no tenían a nadie a quien imitar, y crearon su fascinante código desde cero. (…) Se destacan de todos los demás por su estilo inconfundible de vestir y de bailar. Entiendo la fascinación de Amanda Watkins por este movimiento. Vivimos en un mundo en donde todo impulso subversivo ha sido cooptado por las tiendas departamentales y los anuncios de coches, pero los colombianos son tan avanzados que sería imposible que esto sucediera”.

Espero que “Ya no estoy aquí” alcance la nominación en la terna a la mejor película extranjera, como también espero que este gran libro de la editorial Trilce se reedite, se traduzca y llegue a más lectores. Ambos lo merecen.

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