Opinión


Víctor Flores Olea y el nacionalismo cultural

Víctor Flores Olea y el nacionalismo cultural | La Crónica de Hoy

Ha muerto esta semana Víctor Flores Olea.  Representante de la generación de Medio Siglo –que  fundó una nueva modernidad para la cultura y la política mexicana en el siglo XX–, académico y funcionario universitario, fotógrafo, escritor, diplomático y primer presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. 

En su recuerdo, reproduzco a continuación su respuesta a una pregunta que la Revista de la Universidad Nacional le formuló en agosto de 1966 a propósito del nacionalismo cultural. “¿Ha terminado o estamos ante una nueva etapa del nacionalismo cultural?” le preguntaron los editores de la revista a tres intelectuales mexicanos: Fernando Salmerón, José Emilio Pacheco y Víctor Flores Olea.

Las reflexiones  de Flores Olea tienen plena vigencia hoy en día:

“Prefiero mencionar el problema del nacionalismo en el aspecto político. Espero que sean evidentes las implicaciones culturales de esta referencia.

Un primer hecho: el nacionalismo ha tenido un significado ambivalente, para no ir más lejos, en los últimos cincuenta años de nuestra historia. En la etapa de la revolución "activa", significó afirmación del propio ser nacional frente a los controles y la dependencia externa; era el elemento sustantivo de nuestras transformaciones internas sobre bases autónomas. En este sentido, nacionalismo significa encuentro constitución y defensa de la nación, y por eso mismo encuentro y solidaridad con los demás pueblos: universalización del mexicano.

Sin embargo, a medida que la nación se "condensa" en ciertos  grupos y que el interés nacional se identifica con los intereses de clase, el nacionalismo se convierte en vehículo de provincianismo y aislamiento. En negación de la solidaridad y del reconocimiento de otros derechos, otras luchas y otros pueblos. En el primer caso, fue el mejor camino de la universalidad; en el segundo, es la expresión pedante y retórica de la autosuficiencia, del exclusivismo y de la falta de canales de comunicación (todo lo que no es nuestro, es "exótico").

A todas luces ésta es hoy la manipulación que se hace del nacionalismo. Por eso quienes  lo reivindican en el aspecto cultural deberían meditar en el cambio de los tiempos. Si en la etapa "transformadora" de la revolución es una actitud de progreso, en ésta "institucional" corre el peligro de ser estrictamente una idea conservadora.

En estas condiciones, el nacionalismo cultural a ultranza significa la apología del status; el conformismo y el rechazo de cualquier revisión profunda  de nuestras estructuras económico-sociales, y de los términos en que hoy debe plantearse cualquier transformación futura.

Sin embargo: ¡Atención! Decía que el nacionalismo ha sido ambivalente. Me viene a la memoria un número de Life de hace varios meses dedicado a México, en que se presenta la batalla cultural contra el nacionalismo como el preludio de una etapa en que nos convertiremos en tierra de conquista. Destruidas raíces nacionales –ésta  era, en definitiva, la versión de aquella revista–, nos hacemos "disponibles": el fin del nacionalismo en México se presentaba como el ofrecimiento de nuestro ámbito nacional y cultural a la penetración externa. (Algo así como el reconocimiento implícito de las "virtudes" del imperialismo.)

Debemos protestar contra esta falacia que consiste en presentar el esfuerzo de universalización de quienes en México trabajan en el campo del arte y de las ideas, como una disponibilidad para la dependencia y el dominio externos. Y quienes trabajan en ese campo y en esa dirección, deben también ser muy conscientes de los peligros que entraña la interpretación mistificada de este esfuerzo. La ruptura con el nacionalismo –el de la retórica y las conmemoraciones– se debe a su carácter asfixiante y falso, a que nos confina y aísla, a que hace imposible la comunicación y, en definitiva, a que falsifica nuestro propio ser nacional (reducido a intereses privados). Es la conciencia de que la particularidad nacional sólo se conquista en lo universal, en la comunión.

Diría que la ruptura con el nacionalismo de cartón significa el esfuerzo por abordar mucho más radicalmente los problemas nacionales, en primer lugar porque se les reconoce como problemas no "exclusivos", como universales y comunes a todos los hombres.

Así, la ruptura con esta caricatura del nacionalismo no puede ser interpretada como el ofrecimiento de México al mejor postor, sino como el esfuerzo más serio de los últimos tiempos para reconstruir una tradición que, siendo propia, nos liga a los demás pueblos. O si se quiere, como un encuentro de los propios valores a través de los valores, las preocupaciones y problemas de los otros hombres. En este sentido, la identidad pasa necesariamente por la diversificación y la crítica radical de lo que nos es propio y ajeno”.

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