Opinión


Sorprendente, insólito, frustrante, inaceptable…

Sorprendente, insólito, frustrante, inaceptable… | La Crónica de Hoy

Sorprendente, insólito, inusitado, angustiante, frustrante, doloroso, inaceptable. 

Palabras cada vez más frecuentes y menos significativas. Casi todo pierde oriente. El país está extraviado, confundido, obnubilado por los espesos nubarrones  de las palabras sin sustento. La sobrecarga de “información”; especialmente la divulgada con zumbidos de moscardón en redes sociales y mañaneras ventajosas, abruma y pasma.

El entorno se convierte cada vez más en un racimo sorpresivo y ante la pasividad colectiva, resignada y sumisa, sin capacidad de acción o siquiera de queja  --la mayor expresión de descontento la ofrecen los cacerolazos restauranteros--, resulta válido preguntar si ya somos una manada con parálisis mental y en eso consiste la inmunidad del rebaño, anhelo final de los epidemiólogos del parloteo cantinflesco.

Para ser un rebaño inmune, primero se debe ser un rebaño.

Si hace algunos años nos hubieran propuesto en juego de posibilidades,  la realidad actual, simplemente no lo habríamos creído.  Lo hubiéramos atribuido a la desbordada imaginación de un  narrador de supuestos fantásticos como Stewart o George Orwell, con todo y su Ministerio de la Verdad.

El Palacio Nacional, de siete a nueve de la mañana, cada día, se convierte en el Palacio de la “Verdad”. No hay otra voz, no hay otro discurso.

No habríamos creído un país con mil o mil trescientos muertos diarios por una epidemia descontrolada cuya variable constante es el ascenso en espiral, y para cuya mala atención se destinan miles de horas de peroratas televisivas; conferencias prolijas, razonamientos absurdos, milagros y talismanes; explicaciones sin sentido ni provecho, cuadros y láminas en las pantallas de la sobreinformación desinformada para llegar un año más tarde de su inicio  --supuestamente avalado por el compromiso y la aptitud--, a un punto extraordinariamente superior  al de partida, todo para ni siquiera provocar una colectiva reacción. 

El fatalismo nacional, nos compele a la condescendencia. Alzar los hombros y decir como el otro Cienfuegos,  Ixca, aquí nos tocó vivir. 

El hecho real, sin espacio para la interpretación es simple: el ascenso de la epidemia nos llevó de un muerto en marzo del año pasado –la contabilidad es otro desastre-- a 150 o 200 mil cadáveres acumulados en menos de un año completo. De ese tamaño es el éxito. De eso presume el gobierno cuando complaciente se autocalifica y se aprueba.

Pero más sorprendente todavía es la cínica claridad con la cual se han conformado las brigadas de vacunación cuyo costo será cubierto  (en mínima proporción, claro está),  con los fondos del Movimiento de Regeneración Nacional, Morena, cuya oferta merma a la mitad su presupuesto, el cual supuestamente ya se había reducido en 50 por ciento. 

--¿Cuántas mitades tendrá Morena?

Pero la catástrofe sanitaria con  su repercusión económica, no merma la acumulación del poder presidencial. Sus brigadistas resultan promotores del voto: un pinchazo, un voto; una jeringa, una urna. Vamos por millones de vacunados con Servidores de la Nación, becarios, sembradores, soldados y marinos y hasta una o dos enfermeras bajo sus órdenes. Censo, inyección  y leva.

Obsesivo y contradictorio el presidente ya no tiene a quien decirle silencio chachalaca e incurre en la misma conducta censurada por él mismo cuando desempeñaba el martirizado papel de opositor acosado por la imprudente palabra presidencial de Vicente Fox, tras  un cerco informativo, el cual era tan falso como un billete de tres pesos. 

Hoy desde su púlpito acusa el peligro para México de los aliados en su contra: le van a quitar al pueblo los apoyos (sobornos) de los programas sociales. Y eso puede decirse de otra manera: no votes por ellos porque te van a robar el dinero.

Frente a la votación en el Instituto Electoral para saber si se exige silencio ejecutivo ante las elecciones, si se vedan temas partidarios, si se restringe la propaganda  como manda la Constitución (¿y si lo manda por qué en el Consejo General se vota su cumplimiento?), el Gran Timonel se apresta a la batalla legal y ya le ordena a Julio Scherer notificación al sumiso  Tribunal Electoral, cuya autonomía es tanta como la del fiscal “nacional autónomo de México”, Alejandro Gertz “Florero” (otro) cuya exoneración en favor de Cienfuegos es explicada por el secretario de Relaciones Exteriores sin  nadie para decirnos por qué una responsabilidad fiscal debe ser analizada por el canciller, si nada de esto ocurrió en el exterior, excepto por aquello del suicidio de traer a un repatriado para juzgarlo aquí o al menos investigarlo, tema cuyo desahogo se hizo con tanta diligencia como para resultar sospechoso, cuando no debería serlo, y para eso se filtran los documentos de la restringida DEA, en los cuales no se prueban las acusaciones contra tan importante divisionario cuyo caso nada más sirvió para conocer los alcances del poder castrense y hacer el ridículo frente a los americanos.

Las quejas de los militares por la apresurada condena del Señor Presidente tras el  aprovechamiento inicial del caso Cienfuegos en los Estados Unidos, para señalar una vez más la podredumbre del pasado neoliberal, conservador y corrupto, obligaron a México a gestionar la repatriación ante Donald Trump, el otro gran caballero, pero después lo obligaron a convertirse en el abogado defensor del general. No lo habría hecho mejor,  Atticus Finch, aunque la parte americana, se sienta burlada y anuncie su intención de reabrir un caso arrebatado de sus manos mediante una falsa maniobra de enjuiciamiento local.

Pero en el recuento de aquello imposible hace años y real en este, le habríamos atribuido a la imaginación de Stephen King o cualquiera de esos narradores del horror, una ciudad sin espaciosen los hospitales y sanatorios donde los enfermos se hacinan en corredores y escaleras para gemir entre secas bocanadas por un poco de piedad.

Tampoco hubiéramos creído, en medio de todo este compendio desafortunado, las intervenciones “a pelo”, los entubamientos sin anestesia ni sedante, porque se agotaron las reservas en medio de una pendencia entre el gobierno envolvente y los laboratorios acusados de corrupción y dispendio. 

No habríamos aceptado el desfile de los niños cancerosos ni la peregrinación de sus padres llorosos deambulando de allá para acá en busca un medicamento confiscado por una burocracia ineficiente, experta en las promesas incumplidas. 

Nos habríamos reído, escépticos,  si nos hubieran dicho, en medio de todo eso, el país –o buena parte de él--, sin escuelas, ni teatros, ni restaurantes, con millones de niños para quienes las lecciones virtuales producen un aprendizaje más virtual todavía y aun con las actividades restringidas, la capital y su abigarrada conurbación, imposible de controlar,  se va a quedar sin Metro porque en los treinta años anteriores del reinado de los ineptos izquierdistas, fueron incapaces de mantener en condiciones operativas un complejo sistema eléctrico cuya reparación ahora se hace a la carrera, con remiendos, con parches, con cinta aislante y amarres de viejas alambradas. 

Los grandes expertos (y expertas), sólo producen grandes perjuicios y enormes justificaciones casi siempre falsas e insuficientes, cuando no  delictuosamente mentirosas. 

Apagones por la república, resueltos con documentos de truco y engañifa; incendios inocentes, ineptitud disimulada; inundaciones por desfogues irreflexivos cuyo efecto es convertir las planicies tabasqueñas en lagunas, donde el orgullo por el primer presidente nacido en esos húmedos lugares, supera las dimensiones del desastre. 

Sin nadie en  su auxilio, con el gobierno estatal pidiendo juicio contra la Comisión Federal de Electricidad,  se consuelan diciendo en anegado coro: es un honor, estar con Obrador y nada ocurre en el campo judicial, porque el Poder Ejecutivo se defiende a si mismo, y desvía la incapacidad de Manuel Bartlett (no para operar un sistema sino hasta para explicar sus accidentes), atribuyéndole todo a la maldad de quienes quieren regresar para seguir corrompiendo a la patria.

El peor de los escenarios se convierte en el mejor de los provechos. Las vacunas ponen el anillo en el dedo de la perversión política y los aduladores se fatigan la garganta con gritos de apoyo al patrón de todos ellos.

Las vacunas son lejana  promesa. Ellas también  guardan una sana distancia.

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