Opinión


Quitarle el micrófono a Trump

Quitarle el micrófono a Trump | La Crónica de Hoy

El triunfo de Joseph Biden y Kamala Harris confirma que al populismo autoritario y conservador se le puede echar del gobierno por la vía de las urnas. Las instituciones electorales en Estados Unidos funcionaron, a pesar de sus enmarañadas reglas y del empeño del presidente Donald Trump para desacreditarlas. La mayoría de los ciudadanos prefirió la opción que ofrece gobernar con responsabilidad y respeto a la diversidad. Donald Trump, que gobierna con desprecio a los demás, está en las antípodas de esos valores. López Obrador también y por eso la lección democrática en Estados Unidos nos resulta muy cercana.

El júbilo dentro y fuera de ese país es amplio y comprensible. Pero no hay que olvidar que, frente al triunfo de Biden, hay más de 71 millones de votos por Trump. A pesar de su misoginia y fanfarronería, el todavía presidente fue respaldado por 48 de cada 100 votantes. La criminal actitud que ha tenido en el manejo de la pandemia no le quitó la confianza de casi la mitad de sus conciudadanos. La desinformación y miedo pesaron en los motivos de esos votantes pero, también, la identificación con el populismo mandón y vulgar que encarna Trump. También allí hay una lección para la circunstancia mexicana: por muy evidentes y costosas que sean las torpezas de un gobernante populista, hay segmentos de la sociedad que siguen apoyándolo. Por lo pronto el presidente López Obrador mantiene una oprobiosa fidelidad hacia Donald Trump y se negó a felicitar a Biden cuando lo hacían gobernantes de todo el mundo.

Durante las horas que parecían interminables mientras se demoraba el cómputo de votos, las cadenas de televisión se negaron a transmitir completa una alocución de Donald Trump que estaba plagada de mentiras. Esa decisión fue vista con naturalidad en Estados Unidos pero, en nuestro país, suscitó asombros y desacuerdos.

A los medios estadounidenses les ha pesado mucho la crítica por su desempeño en las campañas de hace cuatro años. En 2016 le dieron a Trump más espacios que a otros candidatos, difundieron sin contexto sus mentiras y contribuyeron, así, a incrementar su fama pública. Ya en la Casa Blanca, las interjecciones y descalificaciones que proclama en Twitter han tenido el rango de declaraciones oficiales. En los medios se ha desarrollado un debate sobre las maneras de difundir periodísticamente los dichos de ese presidente. Algunos diarios, como The New York Times, consideran que no todos los tuits de Trump tienen interés periodístico. En las cadenas de televisión se ha discutido de qué manera transmitir las conferencias de prensa presidenciales.

 En ese país, como cada vez más en el nuestro, la televisión y la radio no transmiten, y mucho menos en directo, cada alocución del presidente. Además, en los departamentos de noticias se ha generalizado la preocupación sobre las consecuencias informativas —y profesionales, éticas, legales quizá también— que podría tener la propagación de afirmaciones falsas como las que acostumbra Trump.

 Los medios nunca difunden todo lo que dicen los gobernantes. Cada medio, cuando actúa con libertad, decide qué transmite y qué no. En ese proceso los medios actúan con arbitrariedad, orientados por sus intereses o por los que consideran que son los intereses de sus audiencias. Los medios siempre son parciales, la objetividad no existe cuando se trata de asuntos públicos en los que todos tenemos preferencias. Cada medio elige el ángulo con el que mira los acontecimientos y resuelve qué hechos difunde y cuáles no. Por eso es pertinente que haya diversidad en los medios, así como contrapesos ante ellos.

El debate sobre los medios estadounidenses se acentuó en enero del año pasado, cuando las cadenas de televisión anunciaron que no transmitirían un discurso del presidente Trump sobre temas de migración y el muro en la frontera con México. Finalmente lo difundieron y entre sus periodistas hubo reproches por esa transmisión. El reportero Isaac Chotiner resumió en The New Yorker (8 de enero de 2019) las posturas de quienes “argumentaron que darle a Trump el tiempo de transmisión para comunicar inevitablemente falsedades evidentes y propaganda racista promotora del miedo, indicaba una carencia de juicio y de voluntad para aprender las lecciones de la campaña de 2016, cuando Trump dominó en la televisión”.

La inquietud para no ser cómplices en la propagación de falsedades llevó a las cadenas a decisiones más drásticas. El 23 de marzo pasado, seis televisoras interrumpieron la transmisión de un discurso en donde Trump decía que no era necesario quedarse en casa para evitar al coronavirus. “Las cadenas han comenzado a escuchar las criticas sobre el tiempo que han mostrado al presidente respondiendo preguntas en vivo, lo que recuerda a un debate similar en el pasado sobre [la pertinencia de] mostrar los mítines de campaña de Trump”, escribió el periodista David Bauer en una nota de la agencia AP. Rachel Maddow, conductora del noticiero nocturno de MSNBC, dijo que las televisoras no debían transmitir en vivo los discursos de Trump. Declaraciones como la versión de que el gobierno tiene al virus bajo control son falsas o engañosas, dijo Maddow. “Honestamente, todos deberíamos dejar de transmitirlo. Va a costar vidas”.

Con la elección del martes pasado las mentiras de Trump se desbordaron. Twitter suprimió, o en algunos casos etiquetó con avisos sobre su posible falsedad, varios mensajes del presidente. Facebook cerró el jueves 5 el muro “Stop the Steal” (“Detengan el robo”) creado el día anterior y que, con entradas que reproducían las afirmaciones del presidente sobre una nunca demostrada alteración de votos, alcanzó 320 mil seguidores en pocas horas. Twitter y Facebook bloquearon las cuentas de Steve Bannon, el ex asesor de Trump que se ha dedicado a propagar contenidos de odio y mentiras desde una posición de derecha radical.

Esas medidas fueron parte del contexto de la decisión que tomaron al menos ocho medios nacionales la tarde del jueves 5 de noviembre. El presidente ofreció una conferencia de prensa que comenzó a las 18.45, precisamente a la hora de los telediarios de más audiencia. Allí repitió sus acusaciones de fraude en la elección.

 Menos de un minuto después la MSNBC suspendió la transmisión y el conductor Brian Williams dijo: “Otra vez nos encontramos en la inusual posición no sólo de interrumpir al presidente de Estados Unidos sino de corregir al presidente de Estados Unidos”.

 Cuando el discurso llevaba 5 minutos con 26 segundos y Trump aseguraba que no había observadores en el conteo de votos, en el noticiero de ABC su imagen fue reemplazada por la del conductor David Muir diciendo que los observadores en los centros de votación “allí han estado, republicanos y demócratas”.

A los 6’ 37” del discurso, la NBC suspendió la transmisión y el conductor Lester Holt explicó: “Tenemos que interrumpir aquí porque el presidente está haciendo numerosas declaraciones falsas, incluyendo la versión de que hubo una votación fraudulenta. No hay evidencias de ello…”

La CNBC World interrumpió el discurso a los 6’ 55”. La CBS, a los 7’22”. La CNBC, a los 11’23” (datos tomados de videos en el sitio de la revista Slate). Univisión hizo lo mismo igual que, en radio, la cadena pública NPR. La CNN transmitió todo el discurso, que duró 16 minutos, pero en cuanto terminó el conductor Jack Tapper desmintió las afirmaciones de Trump. El periódico USA Today también suspendió la transmisión que hacía en línea y colocó un mensaje de su editora en jefe, Nicole Carroll: “El presidente Trump, sin evidencia, reclama que la elección presidencial fue corrupta y fraudulenta. Suspendimos pronto la transmisión de sus afirmaciones y hemos retirado el video de nuestras plataformas. Nuestro trabajo es difundir la verdad, no conspiraciones infundadas”.

Las palabras de Trump ese jueves por la noche no eran una alocución cualquiera. “Nunca ha habido un discurso más peligroso de un presidente estadounidense” escribió David Remnick, editor de The New Yorker.

Las cadenas podrían haber transmitido todo el discurso y luego desmenuzar sus falsedades, pero no habrían evidenciado de manera tan patente las mentiras de Trump. La tarea de verificación permite identificar y aclarar dichos de los personajes públicos, pero no siempre es suficiente. “No hay manera de medir cuánto daño ha hecho Trump en incontables horas de apariciones en vivo en las cadenas de televisión —escribió Erik Wemple, columnista de The Washington Post—. La gente entra y sale de la cobertura de noticias por televisión; a veces captan los segmentos de verificación de datos, a veces no”.

El periodista Jorge Ramos, que anunció la suspensión del discurso en el Noticiero Univisión, ha dicho que la decisión de las televisoras no fue concertada. Pero fue precedida por una combinación de exigencias de sus públicos, consideraciones autocríticas y por un inusitado clima de encono político en Estados Unidos. Apagarle el micrófono al presidente fue una medida extraordinaria y que no podría ocurrir todos los días, pero que los medios tomaron en ejercicio de su libertad de expresión.

Hay quienes consideran que la libertad de expresión del presidente Trump fue lesionada con esa decisión. Es preciso recordar que ninguna libertad se ejerce de manera absoluta. Por otra parte los medios, cuando tienen independencia respecto del poder político, ejercen su libertad para informar de acuerdo con sus criterios editoriales.

En México hay quienes toman con desconcierto, o con enfado, esa actitud de los medios estadounidenses. Esos medios, a su manera y en una situación excepcional, cumplieron con la función que tienen para servir como contrapesos del poder.

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