Opinión


La tendencia suicida entre los jóvenes

La tendencia suicida entre los jóvenes | La Crónica de Hoy

Es cosa dura ser.

Es doblarse, doblarse, doblarse,

y sin embargo crecer.

 

¡Paso al sol, a los vientos,

a la epidérmica magulladura

y a la sed!

 

y quede solo una ternura grande,

como para entender.

Dolores Castro

 

El suicidio, entre los jóvenes mexicanos de 15 a 29 años, se ha incrementado hasta convertirse en un problema de salud pública, al ubicarse como la segunda causa de muerte de este sector, sólo por debajo de los accidentes de tránsito. Se estima que a nivel mundial la cifra de suicidios oscila en 900,000 por año y de ellos, 200,000 corresponden a jóvenes; mientras que, en México, la cifra más reciente del INEGI nos reporta 6,559 casos.

El suicidio se suele definir como el acto de quitarse la vida de forma voluntaria y, aunque simplemente pareciera la expresión de un deseo, los jóvenes que llegan a tomar esta decisión fatal, han padecido una serie de problemas complejos y multifactoriales, que se agrupan en las patologías neurobiológicas y psiquiátricas; los trastornos alimenticios, el consumo de sustancias nocivas para la salud; el bullying escolar y el ciberbullying; el desempleo, la depresión, la desesperanza, entre otros.

De los factores antes mencionados, nos interesa destacar la desesperanza como una de las pruebas que la historia impone al ser humano en determinadas épocas; colocándolo en el umbral de lo desconocido, ante el derrumbe de las creencias, la pérdida de la fe, de la identidad; situaciones que padecen los jóvenes, porque ellos representan la parte más sensible de los cambios sociales.

Correspondió a la escritora francesa, Marguerite Yourcenar, en las Memorias de Adriano, hacer esta conjetura: en el momento preciso, cuando ya habían muerto los dioses antiguos, pero todavía no había nacido Cristo, el hombre fue realmente libre.

Pero resulta que la libertad, sin compañía, sin la presencia del otro, o los otros, no tiene sentido, porque estamos condenados a ser seres sociales, por excelencia, y quizá esta sea nuestra definición más alta. Por estas razones, el emperador Aureliano mencionaba que, si el hombre o la mujer han de estar condenados a permanecer con los demás seres humanos, entonces hay que enseñarlos a convivir, a comprenderse y respetarse.

Sin embargo, la vida en comunidad no es tan simple y a cada momento pone a prueba todos nuestros instintos rupturistas, y nuestros deseos de abandonar la tribu, en la búsqueda permanente del sentido de “nuestro ser en el mundo”.

Y desde luego, este proceso genera angustia, soledad y miedo. Para los filósofos existencialistas, a partir de Sören Kierkegaard, la angustia es un principio necesario para encontrar la libertad y en Nietzsche descubrimos que el dolor es un medio para lograr el crecimiento espiritual; más tarde, el escritor español Miguel de Unamuno, en su ensayo Del sentimiento trágico de la vida, nos recuerda que en todo ser humano hay un hambre de inmortalidad, que sólo se puede saciar, acaso, más por el camino del corazón que de la razón griega; la cual se ha eclipsado en el siglo XX, debido a los horrores que produjeron las dos guerras mundiales y que hicieron surgir una serie de manifestaciones artísticas y culturales propias del sinsentido y el absurdo de una sociedad que camina hacia su destrucción. Autores como Franz Kafka, Albert Camus, o los dramaturgos Alfred Jarry, Antonin Artaud y Samuel Beckett, reflejan muy bien estas tendencias.

En este contexto, la posmodernidad ha derribado los paradigmas y cimientos con los que habíamos edificado nuestra casa. Vivimos en una época donde no sólo ha muerto Dios, sino también la razón, y en este mundo de la sinrazón se relativizan los valores y, como dijera el escritor Ricardo Rafael, se desestabiliza la verdad; mueren las figuras de autoridad, los referentes académicos, científicos, sociales y cada quién asume que puede establecer su propia verdad e imponerla a los demás.

La posmodernidad se ha montado en el desarrollo de las tecnologías; y en la era digital, los jóvenes de ahora están más solos que nunca, se comunican menos y a veces parecieran, más que los seres proyectados a un futuro, como lo desearía Martín Heidegger, seres ante la muerte.

El sentimiento de la muerte, como una actitud vital que podría conducirnos al suicidio, se fermenta en la pérdida de la identidad, del sentido de la existencia y arraiga en el vacío. Por eso es necesario encontrar el propio ser individual, para reinsertarlo después a la comunidad, a sus valores y convenciones, porque es ahí donde podría realizarse todo individuo, como persona consciente de su ser en el mundo.

En consecuencia, los sentimientos de soledad, de aislamiento dentro de la muchedumbre, son producto de un proceso de despersonalización, donde cada uno de nosotros se pierde en esa multitud irracional y sin rostro. De ahí la importancia de recobrar el ser individual, asumir la propia personalidad más allá de las máscaras; pues si el hombre habrá de ser libre, lo será sobre la base de su propia conciencia de libertad, la cual le permitirá situar la vida como un valor fundamental.

Y en este proceso, los jóvenes recuperarán la esperanza y podrán llenar su vida de contenidos vivibles; para ello contarán con la música, la poesía y, en general, todas las artes, porque la forma esencial de re-ligar a los jóvenes a la naturaleza, la sociedad y su entorno comunitario sigue siendo el arte. Ya lo decía Nietzsche: “sin música la vida sería un error” y la poesía, más que un adorno, es el templo que congrega a la humanidad sobre la base de la palabra, porque al silencio de la soledad y la muerte, sólo se les conjura con las palabras.

En consecuencia, los jóvenes deben fortalecer su personalidad a través de todas las artes y también con el respaldo de las instituciones y la compañía de sus amigos, familiares, profesoras y profesores.  Todos podremos colaborar para que recuperen la alegría de vivir, y vean en la vida el valor supremo, imposible de enajenar, transferir o malgastar.

 

* Poeta y académico

benjamin_barajass@yahoo.com

El Angelus, de Jean-François Millet.

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