Opinión


La exaltación

La exaltación | La Crónica de Hoy

1.

Heredamos de los románticos la exaltación como un principio fundamental de nuestra vida pública y como una estética de la ciudadanía comprometida con las causas sociales. Pasó en el siglo XIX de la literatura a la política y en ambas se consolidó como una forma de encarar la realidad. El anarquismo fue la prolongación radical de esta desmesura para gritar –más que exponer– los argumentos.

La retórica florida de los discursos políticos decimonónicos, la lírica insuflada de los poetas modernistas, se acogen a esta tradición. Carlos Monsiváis lo resumió con gran tino: “el Poeta –así con mayúscula–, siempre en trance de levitación ante sus propias frases, condenado a dramatizar la inspiración”.

La exaltación romántica hizo escuela, cruzó el siglo XIX y el XX, y en muchos sentidos subsiste hasta nuestros días. Lo que ahora llamamos redes sociales revelan, en el tono atronador y corrosivo que les caracteriza, esa impronta romántica: la exaltación como divisa, el estropicio como un acto redentor, la aniquilación verbal del contrario y la inmolación cívica que beatifica.

Los versos y arengas en la plaza pública –recargadas de hipérboles, epítetos y otras retorceduras del habla– terminaron por trastocar la realidad: los otros no son en este caso el complemento de la diversidad que nos define, sino el enemigo a aniquilar. La exaltación es, en esencia, maniquea. Divide al mundo como un tablero de ajedrez con piezas en blanco y negro.  Olvida que el secreto de la partida consiste en ese diálogo de astucias que es el movimiento de las piezas –una danza infinita de la confrontación inteligente– y se decanta por la solución final: el jaque mate; o por una salida táctica: el enroque defensivo, como metáfora del ensimismamiento de quien solo está dispuesto a escuchar sus propios argumentos.

2.

En febrero de 1911, en el periódico Regeneración, Ricardo Flores Magón escribió un artículo exaltado y desgarrador cuyo título no dejaba lugar a dudas: “Francisco I. Madero es un traidor a la causa de la libertad”.

La exaltación magonista no se permite los matices, no pondera, vocifera, juzga y condena: “El lobo se ha despojado de la piel de oveja y ha mostrado los colmillos y las garras. El histrión de la democracia no pudo representar por más tiempo su papel. Francisco I. Madero, el menguado politicastro, el vulgar ambicioso que quiere encaramarse sobre los hombros del pobre pueblo para cobrar los supuestos servicios que le ha prestado, acaba de echarse en un charco: el de la traición”:

Decepcionado por los intentos de Madero para reencausar la inminente caída de Porfirio Díaz por los causes de la política, una suerte de transición democrática sostenida por una revuelta popular en ciernes –pero ya levantada en armas– Flores Magón destila furia y pesimismo en su prosa exaltada: “¡Ah, noble compañero, te equivocaste!  Esas armas que iban a servir para emancipar a los trabajadores mexicanos, sirven en estos momentos para apoyar las ambiciones de Francisco I. Madero. Esas armas iban a servir para romper las cadenas del proletariado mexicano; pero ahora, en manos de Madero, servirán para remacharlas”.

Una vez suelta, la prosa exaltada ya no puede detenerse. Demanda a cada frase recargar la tinta del encono, convencida de que entre más adjetivos reúna mejor se sostendrá el argumento.

Flores Magón no duda en referirse al ”traidor Madero“ como el actor de “zalamerías de prostituta, sonrisas de afeminado e insinuoso como una víbora”; más adelante como: “el payaso del ´sufragio efectivo´”, o bien como “el Iscariote Madero”, el “novel tiranuelo”, “ambicioso vulgar”, “miserable delator de los revolucionarios” y el “enemigo jurado de la clase trabajadora, burgués que hace derramar la sangre del pueblo para llegar a ser Presidente de la República, (con el fin de) sacar del pobre pueblo los miles de pesos que ha gastado en la revuelta”; para Flores Magón, Madero solo “quiere lo que ha querido siempre: ser Presidente (para) aumentar todavía más su enorme capital, pues ese individuo es millonario”.

En el artículo lo acusa, no sin razón, de haber traicionado a un grupo de combatientes del Partido Liberal justo antes de iniciar una batalla contra las tropas federales de Porfirio Díaz en Guadalupe, Chihuahua; y de haber arrestado a Prisciliano Silva, un “anciano, leal y valeroso soldado de la revolución social, el amigo y defensor del proletariado”. Madero lo hizo detener y decomiso sus armas y la de sus huestes por no reconocerlo como jefe supremo de la rebelión. 

Estos hechos, que obran en contra de Madero, fueron la gota que derramó el vaso de la unidad en los albores de la Revolución. El incidente de Guadalupe desencadenó una ruptura –verbal, política, ética, histórica- total e irreconciliable entre Madero y Flores Magón. Una ruptura, por lo demás, que a los dos bandos debilitó y por la que, a la postre, ambos fueron derrotados.

La posibilidad de que una formula encabezada por Madero a la presidencia, y Flores Magón a la vicepresidencia –como incluso lo anunció por esos días El Dictamen Público, un periódico veracruzano– se esfumó por completo. Un ejercicio ucrónico nos invita a imaginar un desenlace diferente para la Revolución Mexicana si esta fórmula de contrapesos hubiera llegado al poder a finales de aquel año.

No fue así, aquí de nuevo privó la exaltación desmesurada, la ira ciega - disfrazada de ardor cívico- que le cierra las puertas a la política como el arte de administrar las diferencias. Las palabras aquí jugaron un papel determinante, fueron el vehículo que apuntaló al odio. En los discursos exaltados, como en la política, la forma es fondo.

Flores Magón dinamita cualquier posibilidad de hacer política y brindarle a la revolución el contrapeso que hubiera significado su elección a la vicepresidencia:

“Yo no peleo por puesto públicos. (…) El cargo que se me pide que acepte (por parte) de muchos maderistas de buena es el de Vicepresidente de la República. Ante todo debo decir que me repugnan los gobiernos. Estoy firmemente convencido de que no hay ni podrá haber un Gobierno bueno. Todos son malos, llámense monarquías absolutas o constitucionales repúblicas. (No me veo) sentado en un trono rodeado de lacayos y policastros”.

Como Lord Byron, como el joven Werther de la novela de Goethe, Flores Magón se acoge al destino fatal de los héroes románticos. Se inmola en su incontinencia verbal.

3.

            Más de un siglo después, la exaltación sigue siendo el pan nuestro de todos los días en el banquete de la política y de las redes sociales. La ejercen por igual los detractores del presidente que sus más rabiosos defensores. Twitter es el territorio natural de la exaltación, una cordillera incesante de insultos y descalificaciones. Los campeones de este torneo son lo que poseen el más amplio catálogo de imprecaciones.

            El presidente, otro héroe romántico, se incomoda ante lo que considera una afrenta a la memoria del presidente Madero, cuando su retrato fue pintarrajeado hace unos días en la sede de la CNDH. Las autoras, anarquistas y herederas del mismo temperamento romántico, se llaman a ofensa. Otro punto a favor de la exaltación romántica de suma cero.

4.

Hace algún tiempo escribí un par de tuits que recuperó a manera de colofón de este alegato:

Me sorprenden estas palabras:  pelele, enclenque y mequetrefe, ¡cuántas e caben para denostar a un individuo!

Preteste

-Ese que ves, ese pelele enclenque que es del DF¿Qué se merece? ¡Que le peguen!

-¿Es el Peje?

-Nel, es ése mequetrefe que te presenté en Lepe.

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