Opinión


La catástrofe

La catástrofe | La Crónica de Hoy

En cierta ocasión le preguntaron a Víctor Hugo por el fin del mundo. “¿El fin del mundo? Eso ya ha pasado muchas veces”. Tal era también más o menos la opinión de Platón en su diálogo Timeo, donde cuenta cíclicas catástrofes por fuego o agua con que el mundo se purifica de la corrupción que él mismo produce. En la época actual las previsiones científicas —nunca unánimes, hay que tomarlo en cuenta— son mucho más apocalípticas y prevén catástrofes telúricas de alcance definitivo si no se toman medidas radicales contra el efecto invernadero, el aumento de CO2, el calentamiento global, la polución de los mares y otras amenazas no menos imponentes.

Ha surgido una nueva religión aterradora que exige a la humanidad tecnológica renunciar a su derroche de recursos y volver a una senda más austera que restrinja severamente la producción y el consumo (por cierto, en este caso son los izquierdistas quienes preconizan los mayores recortes y las derechas las que se resisten a renunciar al gasto). Los más viejos recordamos los temores que a mediados de los años sesenta provocaron las profecías del Club de Roma o influyentes grupos semejantes: si la población mundial, entonces de casi tres mil millones y medio de seres humanos, crecía mil millones más, se extendería una hambruna irremediable por todo el planeta. Pues bien, hoy esa población se ha duplicado hasta siete mil millones pero el hambre en el mundo ha disminuido (aunque sigue siendo una plaga terrible) y las condiciones de vida en las regiones más desfavorecidas son mejores, no peores que las de entonces.

Es indudable que hay razones objetivas para preocuparnos por las alteraciones que la continua urbanización del planeta y el crecimiento tecnológico causan en el medio ambiente. Sería sumamente imprudente no comenzar a tomar medidas que reduzcan los daños mas evidentes, pues está claro que pueden alterar las condiciones de vida en grandes regiones. Pero no menos imprudente sería ceder a una ola de pánico que tiene mucho más de ideológico que de científico y que propone poco menos que dar marcha atrás a nuestra civilización actual. Quienes por ejemplo piden sustituir el carbón por otras fuentes de energía probablemente deben ser escuchados, pero los que aseguran que la culpa del cambio climático es el capitalismo suenan más sospechosos y haremos bien en desconfiar de ellos. Por no hablar del patético espectáculo (que también es negocio) de Greta Thunberg y sus mariachis, una prueba de que la contaminación más grave que sufren nuestros países no es sólo medioambiental... Personalmente las catástrofes a largo plazo me asustan poco (hay otra más cercana y monoplaza que me corresponde antes, por edad) pero si hubiera que apostar en este asunto lo haría por la paulatina adaptación de la humanidad técnicamente desarrollada a los cambios climáticos que puedan venir y no desde luego por el regreso al neolítico.

 

©FERNANDO SAVATER. / EDICIONES EL PAÍS S.L. 2019

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