Opinión


Habitar el mundo

Habitar el mundo | La Crónica de Hoy

Sin duda el ser humano ha llegado a ser biológicamente como es actualmente a través de un desarrollo evolutivo en todo semejante al que la teoría de Darwin, con algunas correcciones, planteó para las demás especies. Luego, en cierto momento (no me pregunteis cuando porque tendré que confesar mi ignorancia y empezar a hablar por boca de otros) el homo antecessor, ergaster o habilis pasó a ser homo sapiens y ahí acabó por lo que conocemos su evolución biológica. Pero la evolución humano continuó en forma de tecnología y arte creador. El despliegue sucesivo de hallazgos técnicos y formas artísticas son el equivalente a las transformaciones morfológicas que los retos medioambientales van favoreciendo en otros organismos. Y quizá la combinación de técnica y arte mas importante es la habitación humana, perpetuadora y baluarte de nuestra condición social. Ninguna máquina mas compleja y necesaria que el lugar artificial en que vivimos, porque incluye todas las demás.

Según la leyenda, fue el fratricida Caín —después de haber perdido culpablemente el amparo paternal de Dios— quién fundó la primera ciudad, una especie de prótesis paradisiaca para los que habían sido sido expulsados del Jardín primigenio. A ello se refiere el título de un estupendo libro de Félix de Azúa: “La invención de Caín”. En el bienestar sin preguntas del perdido Edén sólo se puede habitar con la inocencia completa, practicamente animal,  que ignora la noción de culpa y por tanto la necesidad de la ley. En cambio la ciudad fabrica remedos mas o menos convincentes de las bendiciones espontáneas del Jardín, pero permite disfrutar de esas ventajas desde la mala conciencia, es decir la conciencia humana, que conoce las prohibiciones y por tanto la tentación, la transgresión y la obediencia rebelde. En una palabra, la invención de Caín hace inestablemente compatibles las delicias paradisíacas con la degustación de los frutos del árbol del Bien y del Mal: ¡lo que se perdieron Adán y Eva!

Perdonen esta excursión hacia los orígenes más mitológicamente remotos del tema de esta nota. Por supuesto la habitación humana ha seguido el mismo desarrollo evolutivo que las demás técnicas y artes, incluso ha precedido a los otros. Hoy ha alcanzado un tamaño impensable en siglos anteriores. ¡Qué lejos queda la opinión de Aristóteles de que nadie llamaría polis a la agrupación de cien habitantes pero tampoco a cien mil! No sólo es cuestión de tamaño sino también de la red de comunicaciones y transportes que enlaza a los habitantes de cada centro urbano y cada uno de éstos con los demás. Y tantos otros aspectos relacionados con los avatares naturales o históricos —desde epidemias y terremotos hasta bombardeos— que van modificando paulatinamente sus perfiles. Para comprender como vivimos ya hoy y sobre todo como viviremos mañana, no basta recurrir a los clásicos de Fustel de Coulanges o Lewis Mumford. Hay que acudir a fuentes más próximas y apelar no sólo a la información actualizada sino también a la imaginación. Y las lecciones, frecuentemente dolorosas de la experiencia. Por ejemplo, la actual epidemia del coronavirus influirá de un modo u otro en nuestra forma de habitar el mundo. Ya ha pasado con anteriores plagas, que cambiaron los edificios en que vivimos, abriendo ventanas mas luminosas, suprimiendo cortinajes, facilitando la ventilación...Las primeras cuevas nos defendieron de los grandes felinos predadores: ahora necesitamos guaridas que nos resguarden de los virus y de los contagios. El espíritu de Caín nos sigue inspirando...

©FERNANDO SAVATER. 
/ EDICIONES EL PAÍS S.L. 2020

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