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Entre la cuesta de enero y el blue monday, un texto de Ulises Lara

Entre la cuesta de enero y el blue monday, un texto de Ulises Lara | La Crónica de Hoy

Los inicios de año en nuestro país han sido asociados a una etapa difícil de la economía familiar debido a los gastos extraordinarios realizados en las fiestas de diciembre, año nuevo y Día de Reyes, llamada coloquialmente “La cuesta de enero”. En una analogía semanal, el primer día hábil también resulta ser el más difícil, en el que se da una marcada ausencia laboral y escolar, conocido como “San Lunes”. Pero el más crítico de ellos, sin duda, es el tercer lunes de cada año llamado “Blue Monday” o “El día más triste del año”, cuya fecha en nuestro país será el 18 de enero próximo.

Ante ello, seguramente estaremos expuestos a la ya habitual infodemia, pero también en las redes sociales y demás medios de comunicación e información, por supuesto, abundarán mensajes motivacionales e inspiradores que nos ayuden a ser más llevadero ese deprimente día.  

Se sabe que este término de “Blue Monday” surgió en 2005, cuando el psicólogo Cliff Arnall utilizó una ecuación que contemplaba factores como el clima, el nivel de endeudamiento, el salario mensual, los días que han pasado desde Navidad y los niveles de motivación, entre otros aspectos. 

Y aunque muchos le han llamado una estrategia comercial, un truco publicitario o una ecuación seudocientífica, lo cierto es que ahora, en un mundo sumergido en la amenaza constante del Covid-19, la fecha puede servir como un terrible recordatorio sobre la importancia de mantener una adecuada salud mental que influya positivamente en la psique colectiva, aunque para ello se tenga que luchar contra el estigma social que inhibe o limita el acudir con un especialista, o ante la escasez  de psicólogos y psiquiatras que nos pueda permitir un tratamiento adecuado, más allá del simplón cliché de “echarle las ganas”.

Investigadores y científicos de la conducta humana han explicado que, efectivamente, en el invierno se experimentan ciertos cambios en el estado anímico de las personas y aumentan los síntomas depresivos a consecuencia del clima, la disminución de luz solar (los días son más cortos), la falta de dinero, el estrés, el cansancio emocional y la desmotivación. De acuerdo a los especialistas, la depresión es una enfermedad común con diversos grados de intensidad en la que, si bien aún no se conocen plenamente sus causas, se ha avanzado en los factores genéticos, bioquímicos y situacionales que pueden predisponer a ella.

En nuestro país la depresión constituye un problema de salud pública. De acuerdo a datos estadísticos, es uno de los padecimientos que más afecta a la población (en mujeres mexicanas representa la primera causa de discapacidad) y se encuentra entre las principales causas de incapacidad laboral, recientemente catalogada como enfermedad crónico-degenerativa, pero con un alto porcentaje (90%) de detección tardía.

Pero, además, se hace necesario que los esfuerzos se dirijan hacia la atención de la población en edad escolar. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), el 29.9 % de los habitantes mayores de 12 años sufren algún nivel de depresión ocasional, mientras que 12.4 % los experimenta de manera frecuente. La situación se hace más urgente si consideramos que la Encuesta Nacional de Epidemiología Psiquiátrica señala que el 50 % de los trastornos mentales inician antes de los 21 años, y casi 1 de cada 4 adolescentes se encuentran afectados por uno o más problemas de salud mental, siendo los más recurrentes aquellos trastornos de ansiedad, déficit de atención, depresión, uso de sustancias, y el intento o consumación del suicidio.

Esta realidad afecta a los adolescentes y los limita en la toma de decisiones importantes de su vida y para su desarrollo; la labor educativa, entonces, debe contribuir a la formación de mejores seres humanos con firmes cualidades de resiliencia y a su adecuado desarrollo físico, mental y social, a través de programas y actividades que prevengan enfermedades mentales, impulse los mejores valores y genere competencias socioemocionales.

Las instituciones de educación deben integrar protocolos de prevención, detección y atención oportuna de los problemas de salud mental (sólo el 5 % de las escuelas cuentan con un psicólogo y pocas desarrollan actividades en este sentido), los que deberán coordinarse con autoridades del sector salud, conforme a lo dispuesto por la Ley General de Salud y en estrecha colaboración con las familias de los alumnos, que no en pocas ocasiones también presentan problemas de esta índole, máxime con lo vivido en los últimos meses, derivado del confinamiento a causa de la pandemia.

La mayoría de las personas (más aún quienes ya tenían afectaciones por trastornos de salud mental preexistentes) sienten miedo a ser infectados; ansiedad ante los síntomas; dolor por la muerte del ser querido; incertidumbre ante el futuro; amenaza a la estabilidad laboral, familiar y escolar; agobio y desconcierto ante la infodemía o por falta de información, y soledad o aislamiento por el distanciamiento social, por lo que resulta sumamente urgente su atención para el bienestar personal y social.

Lograr que la población (con énfasis en la de edad escolar) conserve la salud física y mental, depende de la realización exitosa de las acciones de salud pública, de prevención, tratamiento y rehabilitación, es decir, de una buena coordinación interinstitucional entre las Secretarias de Educación Pública y de Salud, entre otras, pero también de la interrelación de diversos instancias y asociaciones que coadyuven a profundos cambios simultáneos en la esfera de la organización industrial y política, en la estructura del carácter y en las actividades culturales.

De lo contrario, la concentración de los esfuerzos en una sola esfera, con exclusión u olvido de las otras, fragmenta y destruye todo cambio. Ahí radica uno de los principales obstáculos, incluso para poder revertir, aunque sea por un día, la gran tristeza humana.

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