Opinión


El escenario de la democracia

Es verdad que en el escenario parlamentario, como en el teatral, a veces se profieren voces destempladas y hasta graves insultos. Pero debemos reconocer que el primero que cambió el puñal y la lanza por la injuria, por ofensiva que fuese, debe ser celebrado como uno de los inventores de la convivencia democrática...

El escenario de la democracia | La Crónica de Hoy

Fue en uno de los países que pusieron los fundamentos intelectuales y políticos de lo que hoy llamamos Europa, fue en Grecia donde nace la democracia y también nace el teatro tal como nosotros lo entendemos. Y sin duda hay una vinculación indudable entre ese sistema político, la democracia y esa forma artística, la representación teatral. Se ha dicho muchas veces que una asamblea parlamentaria tiene algo de representación teatral (incluso los salones públicos donde tienen lugar adoptan con frecuencia forma de anfiteatro).: en ella se escenifican pasiones individuales y colectivas, rencores, ambiciones, impulsos generosos y enfrentamientos mortales. Incluso se ha dicho que una sesión parlamentaria es como la representación incruenta de una guerra civil. La palabra importante ahí es “incruenta”. Porque después de la batalla en el parlamento no hay sangre derramada, ni muertos, ni enemigos derrotados sometidos a la esclavitud. Igual que en la escena teatral, los muertos parlamentarios vuelven a levantarse y saludan al público, los que fueron durante un rato adversarios irreconciliables se dan la mano y marchan juntos a compartir un refresco en la cafetería, el combate terrible en el que parecían tambalearse los cimientos de la vida civilizada se resuelve con una votación y las únicas heridas que siguen abiertas son las del amor propio o el orgullo. Es verdad que en el escenario parlamentario, como en el teatral, a veces se profieren voces destempladas y hasta graves insultos. Pero debemos reconocer que el primero que cambió el puñal y la lanza por la injuria, por ofensiva que fuese, debe ser celebrado como uno de los inventores de la convivencia democrática...

Pero no sólo los parlamentos se parecen a los teatros, también al revés, como Hannah Arendt —entre otros pensadores— ha sabido señalar. El teatro es el espectáculo característico de la democracia porque obliga a expresar la acción en palabras y se basa en el intercambio de argumentos que afirman o refutan, revelan o esconden. En el teatro hasta los silencios son expresivos...como ocurre en los parlamentos. Y quizá lo mas importante: el teatro convierte a los espectadores en oyentes, estimula su capacidad de atención. Por eso el escenario es una escuela de ciudadanía democrática, porque enseña a oír lo que dicen los otros y sobre todo descubre la importancia de la atención. Para Kant, lo más importante que se enseña a los niños en el aula escolar es a estar durante un rato largo quietos y pendientes de lo que dice el pedagogo. Tarea ya difícil incluso en aquellos tiempos kantianos, a pesar de que entonces no existían las tabletas ni los smartphones. Hoy los maestros de todos nuestros países luchan por ganarse la atención de sus alumnos, permanentemente distraídos en un perpetuo zapping... Pues bien, sin prestar atención a lo que se dice en el escenario no hay teatro y sin atención a los argumentos expuestos parlamentariamente no puede haber democracia. La atención es imprescindible para educarse y para llegar a ser plenamente ciudadano.

¿Qué es lo más importante desde el punto de vista cívico que debe aprenderse en la escuela? Pues a llegar a ser capaces de convencer y ser convencidos por medio de razones. Las personas que son invulnerables a los razonamientos, que sólo saben ordenar o amenazar pero son incapaces de persuadir y mucho menos de ser persuadidos por quienes argumentan en su contra, es decir los fanáticos, son inasimilables para la vida democrática. En el teatro griego, sobre todo en el de Sófocles que fue el gran pensador de la democracia, los fanáticos son los personajes trágicos por excelencia, aquellos que desencadenan la tragedia. El fanático de los griegos no es un personaje aborrecible ni malvado, como los protagonistas de las más crueles obras de Shakespeare: al contrario, puede ser dulce y amable, como Antígona. “No he nacido para el odio sino para el amor”, dice Antígona y en esas palabras resume su fanatismo. Los fanáticos de las obras de Sófocles no lo son por maldad sino al contrario siempre por alguna razón positiva, comprensible... Lo que les empuja a la tragedia es su incapacidad para escuchar y entender las razones de otros, su bloqueo obsesivo en su propio razonamiento: nada de reprochable hay en que Antígona ame a su hermano y quiera darle sepultura, pero también es respetable que Creonte quiera defender las leyes de la polis más allá de los afectos familiares. Ni Antígona ni Creonte son malvados ni injustos, como Macbeth o Ricardo III, pero el fanatismo de su rectitud tiene consecuencias trágicas. Tienen razón pero no están dispuestos a razonar, es decir a escuchar las razones de otros. Su actitud puede ser racional, o sea coherente con sus principios, pero no razonable, es decir compatible con el intercambio democrático de argumentos. Por eso el coro trágico que les acompaña, que representa la asamblea democrática de la ciudad, les repite constantemente: “¡Oh tú, que nunca escuchas! ¡Que no prestas atención a lo que te dicen! ¡Debes oír a quienes te hablan!”. Encerrarse en la propia y orgullosa razón es el camino hacia la locura social: como bien dijo Chesterton, “loco es quien lo ha perdido todo, absolutamente todo, menos la razón”. Siglos después Cervantes, en una época ya no democrática sino absolutista, recupera de nuevo al fanático pero como personaje cómico, no trágico: don Quijote se encierra sin escuchar a nadie en sus bienintencionadas alucinaciones, mientras Sancho Panza le acompaña como una especie de coro popular, repitiéndole en vano: “¡Escuche vuesa merced! ¡Mire bien que no son gigantes sino molinos lo que allá vemos!”. En ambos casos, en la Grecia clásica y en la España barroca, los fanáticos se estrellan contra la realidad de los otros cuyas voces ignoran...

 

Fernando Savater

 

©FERNANDO SAVATER./ EDICIONES EL PAÍS S.L 2020

 

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