Opinión


Cruzados de brazos

Cruzados de brazos | La Crónica de Hoy

Para que triunfe el mal sólo es necesario que los buenos no hagan nada

Edmund Burke

Con las decisiones de AMLO el país se hunde. ¿Pero qué hacemos nosotros, me pregunto, para evitar que eso suceda? Parecemos hipnotizados ante un líder fanfarrón y perverso que mientras explota una retórica de odio, está destruyendo al país ante nuestros ojos.   

El presidente ya desmanteló al Estado. Sus políticas de austeridad han dejado al sector público virtualmente como un esqueleto, una estructura raquítica atrapada entre un remolino de decisiones apresuradas, improvisadas, que muchas veces son absurdas o incongruentes. 

El presidente acabó con la deliberación pública; lo hizo con la creación de un dispositivo de comunicación privilegiado y cuasi-monopólico que le permite tomar decisiones autoritarias sin nunca prestar oídos a opiniones adversas. 

Ya quebró la economía. La economía hace agua por todos lados. La renuencia del presidente a aplicar una política fiscal progresiva, el no acudir a los créditos, la desastrosa política energética y sus programas clientelares, todo ello ha socavado la economía nacional. 

Ha hecho pedazos la legalidad. Ha violado la legalidad una y otra vez, amparado en su popularidad y por el control que ejerce sobre el poder legislativo. Pasó por encima de la Constitución al disponer que el ejército realice funciones de seguridad pública. 

El daño más sensible de nuestro presidente ha sido contra la democracia; lo hizo al militarizar al país, contraviniendo el principio básico de civilidad. Viola sistemáticamente la división de poderes al intervenir en la Suprema Corte, controlar la Fiscalía General de la República y manipular a su arbitrio al poder legislativo.  

El odio de AMLO contra las autoridades electorales se remonta a 2006 cuando perdió las elecciones presidenciales ante Felipe Calderón, no aceptó el resultado y arguyó, falsamente, que se había consumado un fraude. Con esa actuación irresponsable causó un daño irreparable a la confianza ciudadana en el sistema electoral.  

Su política es desprestigiar y debilitar a las instituciones democráticas para proceder a controlarlas. Ha sostenido una campaña de odio contra el INE, ha intervenido en las decisiones del Tribunal Federal Electoral, ahora ataca a los organismos públicos autónomos con la intención de suprimir a algunos de ellos. 

Pero el hecho más grave es que ha destruido el espíritu colectivo, ha envenenado los ánimos inculcando odio y promoviendo el enfrentamiento entre nosotros. Hoy la unidad nacional parece imposible. Al mismo tiempo, desalienta observar la apatía de la mayoría ante lo que sucede, la incapacidad que exhiben las fuerzas políticas democráticas y la parálisis tácita que vive la sociedad civil. 

Los mexicanos no estamos tranquilos. Nos invade el desasosiego, la angustia. Sobre nosotros se ciernen muchas calamidades, nos aterroriza la pandemia, pero más terror nos produce pensar que nuestro país, por los recurrentes errores de gobierno, se hunda en una crisis profunda, tan profunda, que jamás podremos recuperarnos de ella. 

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