Opinión


Civilidad digital y educación

Civilidad digital y educación | La Crónica de Hoy

En las condiciones actuales de la sociedad, en la que el porcentaje del tiempo que dedicamos al establecimiento de relaciones interpersonales a través de medios electrónicos es cada día mayor, la tecnología ha transformado el día a día de las personas, y con ello la mayoría de nuestros hábitos, obligándonos a adoptar rápidamente plataformas digitales y variados recursos, sin los cuales sería prácticamente imposible interactuar y comunicamos.

Pero, ¿qué o quién garantiza nuestra seguridad durante la interacción virtual al momento realizar compras, trabajar, estudiar o al socializar en línea? ¿Realmente nosotros tenemos el control de los sitios a los que accedemos? ¿A qué estamos expuestos como usuarios de internet? ¿Contamos con los conocimientos y habilidades para hacerlo de manera segura? ¿Existen marcos normativos que nos amparen ante situaciones de vulnerabilidad?

Las respuestas, sin duda, exigen un trabajo conjunto entre sociedad, gobiernos e instituciones educativas que den certeza y sienten las bases para fomentar y fortalecer buenas prácticas de convivencia e interacción digital, edificadas a partir de bases, principios protocolos de actuación, comportamientos y controles claros que disminuyan los riesgos para la seguridad física y psicológica de las personas, de su patrimonio e identidad, bajo un marco legislativo que penalice y castigue a quienes, encubiertos en lo complejo del mundo digitalizado, se aprovechen de los otros con evidente impunidad.

Así mismo, tampoco podemos negar que el desconocimiento, la marginación y la desigualdad social son factores que vulneran a quienes no están preparados, convirtiéndolos en potenciales víctimas de un delito informático. En internet, a diario infinidad de usuarios se encuentra expuestos a engaños, infodemia y estafas, que a través de variados argumentos son enganchados a situaciones ilícitas; la trata de personas y la violencia de género se potencializa en las redes sociales, siendo la denuncia el principal recurso para combatirlas. 

Por su parte, el ciberbullyng (acoso escolar), el robo de identidad, el sexting, el ciber-acoso, el grooming (adultos que se hacen pasar por menores de edad para cometer delitos), el phishing (robo de claves de tarjetas bancarias), los secuestros virtuales y, recientemente el doxxing (utilizar toda la información disponible de las personas en las redes con el fin de desacreditar o dañar) son, entre otros, actos agresivos en contra de la privacidad y la intimidad que representan una problemática social que crece en las mismas dimensiones que lo hace la dependencia tecnológica, sin embargo, otra práctica nociva que ha prevalecido desde los inicios de internet, adecuándose a las sociedades actuales, es el sharenting, el acto de compartir fotografías de menores de edad en internet o redes sociales, cuyos riesgos implican la ridiculización, el secuestro físico o de la identidad, la publicidad no autorizada y la pornografía infantil.  


 

Siendo la niñez y la juventud el sector de la población más vulnerable en el ciberespacio, tenemos el deber de enfocar todos nuestros esfuerzos educativos para avanzar y garantizar su ciber-seguridad; contribuir a que los usuarios aprovechen al máximo las ventajas del internet, pero también que adquieran la cultura de la responsabilidad y de la protección de los datos personales y de la información que se proporciona en las redes sociales.

Necesitamos reconocer, en este sentido, la existencia de una civilidad digital, como un espacio que reclama atender, entre sus desafíos, el respeto a todos los derechos construidos en la vida pública: a los derechos humanos, a la intimidad, a la diferencia, a la preferencia sexual, a la otredad. Pero también la civilidad digital nos obliga a aprender a vivir con la internet, de tal forma que, así como las personas juegan a hacer pequeños gags en una plataforma como TikTok, también debemos lúdicamente reconocer los riesgos y socializar nuestras experiencias de manera cotidiana.

Resulta impostergable el debate: ¿Qué acciones en el campo de la educación nos permiten reforzar la protección de datos personales y los derechos de la niñez y de la adolescencia en el ciberespacio? ¿Debemos limitarles el acceso a Facebook, Instagram, Twitter y otras redes sociales, para evitar que se conviertan en víctimas de delitos?

Algunos países han promovido límites a las plataformas digitales, como requisitos para poder comunicarse con otros usuarios, y, aunque aún no es generalizado y resulta todavía inaccesible u oneroso para la gran mayoría de la población, se han promovido juicios para que grandes motores de búsqueda borren información histórica de los usuarios, lo que se ha conocido como el derecho al olvido.

En nuestro país existe una iniciativa que busca reformar la Ley Federal de Protección de Datos Personales en Posesión de los Particulares, estableciendo los 15 años como edad mínima para utilizar las redes sociales y el consentimiento para el uso de datos personales, sin embargo, existiendo el mundo de la red profunda (deep web), no se ha podido evitar el tráfico y la venta de Metadatos informativos de los usuarios, con los que a través de redes se realizan promociones no autorizada y la venta de productos y servicios. 

Debemos entonces, en lo inmediato, trabajar sobre civilidad digital y educación para el uso responsable y el buen aprovechamiento del ciberespacio. Establezcamos un equilibrio entre el andar por el mundo real y el mundo digital que, bajo normas precisas, valores, principios, controles, legislación, cultura y formación, nos den acceso, protección y seguridad en la nueva era tecnológica.


 

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