Opinión


Cavernas

Cavernas | La Crónica de Hoy

Solamente cuando se ha encontrado la palabra
para la cosa es la cosa una cosa.
Heidegger  

En uno de sus diálogos en la República, Platón concibió la alegoría de la caverna con la que explicó cómo las personas vivimos como cierta una realidad a partir de lo que vemos o de lo que percibimos sin que tales apreciaciones se correspondan con la realidad que existe fuera de la caverna.

Por dramático que parezca, hoy seguimos anclados —voluntariamente— por otro tipo de cadenas. No se trata más de un muro ni de la errónea percepción generada por las sombras que produce la luz, sino por la poca información con que nos conformamos y con la que formulamos un juicio de valor.

Justo hace un par de días, vi un tuit del penalista Alejandro Jiménez en el que reproduce un fragmento de una de esas populares telenovelas que siempre se encuentran de moda. En ella un joven le dice a una mujer “…el juez fue más buena onda conmigo porque hablaste con él…”. Así, de cuerpo completo, se perfila una enorme capacidad creativa de los guionistas que, por otro lado, no puede estar más apartada de la realidad jurídica. Infortunadamente, es una teleserie vista por millones de personas que forjan su “conocimiento” de la justicia penal a partir de lo que ven y escuchan en ella.

Expresiones con apariencia diversa pero con los mismos efectos, se reproducen en otros medios de
comunicación (radio, prensa y/o digitales) en los que con frecuencia podemos encontrar notas o encabezados como “Juez libera a…; Queda en libertad…; …es traidor a la patria… o reduciendo la mismísima esencia de personas que apenas están siendo investigadas o procesadas a las que desde ya adjetivan como feminicidas, homicidas, violadores, ladrones, corruptos y tantos otros a los que entendemos se recurre por estrategia mercadológica. Una nota periodística es eso y no constituye la verdad de un asunto.

Estas falsas nociones de realidad inciden, aunque usted no lo crea, en la realidad misma. Si tomamos como muestra un comparativo entre las cifras oficiales del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública y las del INEGI, tenemos que para el Secretariado se cometieron 2, 174, 042 delitos, durante el año 2018, mientras que para el Instituto fueron 33 millones. La diferencia no es menor. ¿Cómo se explica? El SESNSP cuantifica los delitos en razón de las denuncias formalizadas, mientras que el INEGI lo hace a partir de las respuestas de las personas encuestadas.

Partiendo de la información que consumimos es la realidad que formamos de nuestro entorno. Así como hoy alguien podría afirmar que se puede hablar con los jueces para que sean más buena onda, también podríamos caer en el error de juzgar como catastrófica una realidad erigida sobre lo que otros dicen.  Si únicamente me quedo con los datos del SESNSP, probablemente afirmaré que en nuestro país no se cometen tantos delitos, en cambio, si sólo leo encabezados de noticias, tendré la creencia de que el sistema de justicia penal está plagado de impunidad y corrupción. Así como lo deseable es que el emisor no induzca al error, el receptor no debería construir su realidad y pretender universalizarla a partir de una sola fuente o postura.

De nuevo, una de las consecuencias de esta reproducción de quejas y malestares es tierra fértil para la
aplicación del Derecho Penal más severo (detenciones, vinculaciones a proceso, prisión preventiva, sanciones máximas) en perjuicio de otras medidas penales y no penales más adecuadas y menos invasivas (mecanismos alternos de solución de controversias, penas graduales, sanciones diversas a la prisión, etc.).

La verdad no tiene por qué estar ligada a un medio de comunicación ni a un comunicador específico, de hecho, sería ocioso buscarla porque la apuesta del Derecho Penal no es por la búsqueda de la verdad, porque esa la tenemos todos, sino por el esclarecimiento de hechos que no se consultan, no se litigan, ni se crean o recrean frente a cámara.

Los medios de comunicación ni los contenidos que ofrecen son el problema en sí mismo, como sí lo es que tanto las expectativas de justicia como la percepción de la corruptibilidad del sistema y de sus actores, se forjen a raíz de programas, noticias u opiniones cuyo objetivo no es informar ni mucho menos formar verazmente a la ciudadanía, sino únicamente entretener a los espectadores, aun cuando ese fin se colme con ficción o verdades a medias, complaciéndonos con finales esperados y felices que regularmente no tienen cabida en nuestro sistema jurídico. No porque en un asunto contencioso al menos una de las partes en conflicto, siempre pierde.

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