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"Cada vez es menos común la imagen del arqueólogo que excava un lugar casi virgen"

Nuestros científicos. “Para muchos arqueólogos la tarea cotidiana es buscar de qué manera se pueden armonizar dos situaciones: la investigación y conservación del patrimonio arqueológico, y la necesaria marcha y desarrollo del país”, añade Pedro Francisco Sánchez Nava

Durante más de 40 años, Sánchez Nava ha participado en decenas de proyectos de salvamento arqueológico en diferentes lugares de México

En México se han registrado más de 60 mil sitios arqueológicos, desde ciudades monumentales hasta pequeños contextos con algunos tepalcates o tiestos, pero la realidad presupuestal y la tenencia de la tierra no permiten crear un museo en cada lugar donde hay un hallazgo. Actualmente sólo están abiertos al público 193 sitios arqueológicos y uno paleontológico. En muchos casos lo mejor para preservar un hallazgo es registrarlo y volver a enterrarlo o, en casos extremos, salvarlo y trasladarlo.

Así lo explica a los lectores de Crónica Pedro Francisco Sánchez Nava, arqueólogo que durante más de 40 años ha participado en decenas de rescates de patrimonio arqueológico en todo México y quien actualmente es Coordinador Nacional de Arqueología del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). 

“Para muchos arqueólogos la tarea cotidiana es buscar de qué manera se pueden armonizar dos situaciones: la investigación y conservación del patrimonio arqueológico, y la necesaria marcha y desarrollo del país”, dice el hombre que conoció la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) cuando iba en octavo semestre de la carrera de Ingeniería Mecánica y sintió un llamado tan grande que cambió de carrera y volvió a empezar. 

“Cuando le comuniqué esta decisión a mi papá tuve miedo de que se enojara, pero él me dijo: lo que me importa es que en cualquier cosa que decidas hacer trates de ser siempre el mejor, aunque elijas ser barrendero”, comparte con los lectores de este diario. 

Salvar para todos

Desde los años 70s, Pedro Francisco Sanchez Nava ha participado en numerosos proyectos de salvamento arqueológico, donde una megaobra de infraestructura topa con vestigios y hay que tomar decisiones sobre cómo preservar o rescatar el patrimonio y diagnosticar en cuáles casos tiene que modificarse la obra, aunque cueste dinero y conflictos.

“Es difícil, como vemos actualmente con el aeropuerto de Santa Lucía, donde se hallaron cientos de mamuts, y con el tema del Tren maya que pasa por zonas con vestigios presentes. Sin renunciar a nuestra labor arqueológica ni a nuestra ética, debemos buscar formas en que la sociedad actual satisfaga sus necesidades. Eso lo tuve que aprender desde mi primer trabajo de salvamento, en un gasoducto que recorre toda la costa del Golfo de México”, indica el arqueólogo que es conocido en el medio como “El tío”, por sus años de trabajo junto a uno de los más importantes arqueólogos de salvamento en México: Francisco González Rul, a quien llamaban “El abuelo”.

“A veces la obra puede seguir si uno rescata el contexto y la información, pero otras veces uno tiene que decir ‘¡Sobre mi cadáver!’, y hay que obligar a desviar la obra pero con muchas dificultades”, cuenta el investigador. Luego dice que cada vez es menos común la imagen del arqueólogo que excava en un lugar confinado, casi virgen. Ahora se trabaja mucho junto a máquinas e ingenieros que presionan porque quieren avanzar en su proyecto.

Sánchez Nava empezó con los rescates arqueológicos en el enorme gasoducto que va desde Cactus, Chiapas, hasta Estación Los Ramones, en Nuevo León, por todo el Golfo. Después coordinó el rescate de contextos arqueológicos en las obras de varias líneas del metro de la Ciudad de México y en los talleres en Ticomán. A esto se puede agregar su trabajo para rescatar estelas mayas en la selva de Calakmul y recorrer todo el país como director del Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicas.

“La gente quizá no lo creerá, pero a veces me despierto a media noche exaltado y pensando qué vamos a hacer con tal hallazgo”, indica el hombre que lo mismo ha viajado en mula por la Sierra de Guadalupe, para registrar las pinturas murales de Baja California; que ha padecido el Mal de Chagas, por ser picado por la “chinche besucona” en la selva tropical de Calakmul, Campeche. 

Oriundo de la Ciudad de México, criado en la zona de Popotla, Sánchez Nava estudió arqueología cuando la ENAH estaba en el segundo piso del actual Museo Nacional de Antropología. 

Su lista de maestros en impresionante: Linda Manzanilla, José Luis Lorenzo, Eduardo Matos Moctezuma, Carlos Navarrete, Alberto Híjar, Noemí Castillo, entre otros investigadores-leyenda que tocan muchos capítulos de la historia contemporánea. Los dos profesores que le tuvieron más fe en el tránsito de escuela a trabajo fueron Ángel García Cook y Raúl Martín Arana, quienes hasta le entregaban llaves de vehículo y campamento cuando hacían prácticas de investigación de campo. Considera que es difícil que se descubran más ciudades monumentales como Chichén Itzá o Palenque pero opina que si existiera alguna podría estar en el sur de Campeche o en Quintana Roo.

“La arqueología le ha dado sentido a mi vida. He vivido muchas cosas por ella, he conocido mucho de México y hasta me he enfermado del corazón, pero he sido muy feliz. Hay una anécdota que recuerdo y me da risa. Una vez estábamos en una excavación en donde hoy es la Cámara de Diputados, en San Lázaro, y estábamos en un pozo, sacando unos cráneos con tierra y color azul, que eran del antiguo hospital de la lepra, de la época de la Colonia. Y una abuelita se paró en la orilla, con su nieto de la mano, y le dijo: ‘¿Ves?, por eso tienes que estudiar mucho, para que no termines haciendo eso’”, cuenta Pedro Francisco Sánchez Nava mientras sonríe y celebra a la arqueología desde su casa  localizada un barrio tepaneca, en Azcapotzalco.

 

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